40 años después, el hombre regresó a Londres. Se había refugiado en una ciudad de Brasil después de ser partícipe del millonario robo al tren del correo inglés, en los tempranos años 60, que por entonces se consideró el atraco más cuantioso que recordaran los tiempos: más de 100 millones de libras esterlinas.
Aquella pandilla, formada por 10 o 12 tipos intrépidos, se desparramó por el mundo con diferentes destinos. Unos se entregaron a la justicia, otros murieron en sus escondites, y aquél echó raíces en el Amazonas brasilero. A su retorno al Big Ben y al Támesis, la justicia le conmutó la pena que por más de cuatro décadas le había esperado agazapada en los papeles tribunalicios, y el hombre, quien falleció hace algunos años, se dedicó a promover obras benéficas.
Poco tiempo después, la selección alemana era atracada en el estadio Wembley londinense en la final del Mundial del 66. Fue con aquel disparo al palo de Hurst dado por válido y que significó la ventaja inglesa, 3-2, ratificada minutos después con un gol, este sí legal, del mismo atacante.
El fútbol no ha olvidado aquellas escenas, como la sociedad no ha olvidado, gracias a los libros escritos y las películas filmadas, del gran robo. Todo este recuento fue jalado por los hilos de la memoria ayer, en el estadio de Bloemfontein, cuando el juez de línea no dio por valedero un muy legítimo gol de Inglaterra que hubiese puesto el partido 2 a 2, y vaya usted a saber lo que de ahí en adelante hubiese sido del ardiente enfrentamiento.
Porque ardiente fue, hasta que el tercer gol de la máquina germana desencantó a su adversario, a ese león británico que nunca entendió, no el partido, sino la razón por la que su disparo al arco, que picó al menos un metro a la espalda de Manuel Neuer, no había movido los bombillos de la pizarra electrónica. De la esperanza al desaliento, del brío a la displicencia.
Habrá quien piense que el 4 a 1 final es capaz de borrar el episodio comentado, y que el vaivén de la pelota que entró o que no entró quedará degradado desde las páginas de la historia hasta el anecdotario. No lo sabemos, pero la analogía a tres bandas ha quedado escrita: la pandilla roba un tren, un árbitro roba a Alemania, un linier roba a Inglaterra. Decía un poeta: “Y la noria, de la historia, sigue del fondo del pozo hasta el brocal”.
Así es: del fondo del pozo hasta el brocal…
Cristóbal Guerra
Aquella pandilla, formada por 10 o 12 tipos intrépidos, se desparramó por el mundo con diferentes destinos. Unos se entregaron a la justicia, otros murieron en sus escondites, y aquél echó raíces en el Amazonas brasilero. A su retorno al Big Ben y al Támesis, la justicia le conmutó la pena que por más de cuatro décadas le había esperado agazapada en los papeles tribunalicios, y el hombre, quien falleció hace algunos años, se dedicó a promover obras benéficas.
Poco tiempo después, la selección alemana era atracada en el estadio Wembley londinense en la final del Mundial del 66. Fue con aquel disparo al palo de Hurst dado por válido y que significó la ventaja inglesa, 3-2, ratificada minutos después con un gol, este sí legal, del mismo atacante.
El fútbol no ha olvidado aquellas escenas, como la sociedad no ha olvidado, gracias a los libros escritos y las películas filmadas, del gran robo. Todo este recuento fue jalado por los hilos de la memoria ayer, en el estadio de Bloemfontein, cuando el juez de línea no dio por valedero un muy legítimo gol de Inglaterra que hubiese puesto el partido 2 a 2, y vaya usted a saber lo que de ahí en adelante hubiese sido del ardiente enfrentamiento.
Porque ardiente fue, hasta que el tercer gol de la máquina germana desencantó a su adversario, a ese león británico que nunca entendió, no el partido, sino la razón por la que su disparo al arco, que picó al menos un metro a la espalda de Manuel Neuer, no había movido los bombillos de la pizarra electrónica. De la esperanza al desaliento, del brío a la displicencia.
Habrá quien piense que el 4 a 1 final es capaz de borrar el episodio comentado, y que el vaivén de la pelota que entró o que no entró quedará degradado desde las páginas de la historia hasta el anecdotario. No lo sabemos, pero la analogía a tres bandas ha quedado escrita: la pandilla roba un tren, un árbitro roba a Alemania, un linier roba a Inglaterra. Decía un poeta: “Y la noria, de la historia, sigue del fondo del pozo hasta el brocal”.
Así es: del fondo del pozo hasta el brocal…
Cristóbal Guerra
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