sábado, 3 de julio de 2010

Corazón naranja, corazón feliz

Unos días iniciales lentos, de indecisiones y victorias conseguidas solo por el peso de su inmenso talento, no avizoraban un porvenir luminoso. Pero en Ámsterdam y La Haya, montados sobre bicicletas nuevecitas, pensaban otras cosas; ellos, los holandeses que no son entregados al fútbol, porque no son entregados a nada. Son tolerantes y de pensamientos liberales, pero no apasionados, y por eso ganar o perder ante Brasil era importante, pero no tanto como para dejar de pensar en la victoria conseguida sobre el mar, cuando se les ocurrió construir los polsters, aquellos diques levantados para sembrar y cultivar vegetales y frutas.


Y polsters levantaron también en el segundo tiempo de ayer, principalmente cuando emergió ese Arjen Robben “salvador de la patria” y portaestandarte de la insurrección de los tulipanes; todo tan tan conjuntado, armónico, lindo. Y cuando revivió el corazón arrugado del primer tiempo, ese corazón que tomó forma de naranja en el país de las naranjas y de las camisetas orange.

Holanda necesitó de fútbol, pero también de un poco del “Elogio a la locura” de Erasmo de Rotterdam, para dejar en los pasadizos del olvido su temor a los sortilegios del adversario de ayer. Porque había que ser loco, loco de una manera tan particular, para vencer a quien venció; para tener la osadía de buscar a quien nadie quiere buscar: cinco títulos universales intimidan, inhiben, atenazan, carcomen.

Si hubo cobardía en los inicios, inhibiciones y pensamientos que llegaban hasta las eliminaciones en cuartos de final en Estados Unidos 94 y en las semifinales de Francia 98, no se sabrá nunca. Eso quedará por siempre en los intrincados pasadizos de los sentimientos, que para bien del ser humano no es posible escudriñar en ellos. Pero realmente no es eso lo que importa. Lo que habrá de trascender es la rebeldía, la convicción de que Holanda, si se acordaba que era Holanda, también podría acordarse de lo que es capaz.


Y mientras el Cristo Redentor llora en su atalaya del cerro del Corcovado, la naranja, que dejó de ser mecánica para transfigurarse en la naranja humana, en la que siente y padece, la que se reinventa en la gestión de cada partido y es capaz de batir al gigante, ahora toma vuelo y se apresta a asaltar la semifinal del Mundial. El trecho por llegar es largo, pero no tanto como el recorrido para derrotara Brasil, que de por sí es un extenuante viaje desde los Países Bajos hasta Rio Grande do Sul.


CRISTÓBAL GUERRA

domingo, 27 de junio de 2010

El robo del tren millonario

40 años después, el hombre regresó a Londres. Se había refugiado en una ciudad de Brasil después de ser partícipe del millonario robo al tren del correo inglés, en los tempranos años 60, que por entonces se consideró el atraco más cuantioso que recordaran los tiempos: más de 100 millones de libras esterlinas.

Aquella pandilla, formada por 10 o 12 tipos intrépidos, se desparramó por el mundo con diferentes destinos. Unos se entregaron a la justicia, otros murieron en sus escondites, y aquél echó raíces en el Amazonas brasilero. A su retorno al Big Ben y al Támesis, la justicia le conmutó la pena que por más de cuatro décadas le había esperado agazapada en los papeles tribunalicios, y el hombre, quien falleció hace algunos años, se dedicó a promover obras benéficas.

Poco tiempo después, la selección alemana era atracada en el estadio Wembley londinense en la final del Mundial del 66. Fue con aquel disparo al palo de Hurst dado por válido y que significó la ventaja inglesa, 3-2, ratificada minutos después con un gol, este sí legal, del mismo atacante.

El fútbol no ha olvidado aquellas escenas, como la sociedad no ha olvidado, gracias a los libros escritos y las películas filmadas, del gran robo. Todo este recuento fue jalado por los hilos de la memoria ayer, en el estadio de Bloemfontein, cuando el juez de línea no dio por valedero un muy legítimo gol de Inglaterra que hubiese puesto el partido 2 a 2, y vaya usted a saber lo que de ahí en adelante hubiese sido del ardiente enfrentamiento.

Porque ardiente fue, hasta que el tercer gol de la máquina germana desencantó a su adversario, a ese león británico que nunca entendió, no el partido, sino la razón por la que su disparo al arco, que picó al menos un metro a la espalda de Manuel Neuer, no había movido los bombillos de la pizarra electrónica. De la esperanza al desaliento, del brío a la displicencia.

Habrá quien piense que el 4 a 1 final es capaz de borrar el episodio comentado, y que el vaivén de la pelota que entró o que no entró quedará degradado desde las páginas de la historia hasta el anecdotario. No lo sabemos, pero la analogía a tres bandas ha quedado escrita: la pandilla roba un tren, un árbitro roba a Alemania, un linier roba a Inglaterra. Decía un poeta: “Y la noria, de la historia, sigue del fondo del pozo hasta el brocal”.

Así es: del fondo del pozo hasta el brocal…

Cristóbal Guerra