Unos días iniciales lentos, de indecisiones y victorias conseguidas solo por el peso de su inmenso talento, no avizoraban un porvenir luminoso. Pero en Ámsterdam y La Haya, montados sobre bicicletas nuevecitas, pensaban otras cosas; ellos, los holandeses que no son entregados al fútbol, porque no son entregados a nada. Son tolerantes y de pensamientos liberales, pero no apasionados, y por eso ganar o perder ante Brasil era importante, pero no tanto como para dejar de pensar en la victoria conseguida sobre el mar, cuando se les ocurrió construir los polsters, aquellos diques levantados para sembrar y cultivar vegetales y frutas.
Y polsters levantaron también en el segundo tiempo de ayer, principalmente cuando emergió ese Arjen Robben “salvador de la patria” y portaestandarte de la insurrección de los tulipanes; todo tan tan conjuntado, armónico, lindo. Y cuando revivió el corazón arrugado del primer tiempo, ese corazón que tomó forma de naranja en el país de las naranjas y de las camisetas orange.
Holanda necesitó de fútbol, pero también de un poco del “Elogio a la locura” de Erasmo de Rotterdam, para dejar en los pasadizos del olvido su temor a los sortilegios del adversario de ayer. Porque había que ser loco, loco de una manera tan particular, para vencer a quien venció; para tener la osadía de buscar a quien nadie quiere buscar: cinco títulos universales intimidan, inhiben, atenazan, carcomen.
Si hubo cobardía en los inicios, inhibiciones y pensamientos que llegaban hasta las eliminaciones en cuartos de final en Estados Unidos 94 y en las semifinales de Francia 98, no se sabrá nunca. Eso quedará por siempre en los intrincados pasadizos de los sentimientos, que para bien del ser humano no es posible escudriñar en ellos. Pero realmente no es eso lo que importa. Lo que habrá de trascender es la rebeldía, la convicción de que Holanda, si se acordaba que era Holanda, también podría acordarse de lo que es capaz.
Y mientras el Cristo Redentor llora en su atalaya del cerro del Corcovado, la naranja, que dejó de ser mecánica para transfigurarse en la naranja humana, en la que siente y padece, la que se reinventa en la gestión de cada partido y es capaz de batir al gigante, ahora toma vuelo y se apresta a asaltar la semifinal del Mundial. El trecho por llegar es largo, pero no tanto como el recorrido para derrotara Brasil, que de por sí es un extenuante viaje desde los Países Bajos hasta Rio Grande do Sul.
CRISTÓBAL GUERRA
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