sábado, 26 de junio de 2010

Al que le guste celeste, que le cueste

No se podrá negar que el caso del que ahora vamos a hablar, responde al título de esta nota y al contenido del refrán en su sentido literal. “Al que le guste celeste, que le cueste”, dicen por las calles de Montevideo cuando alguien trata de conseguir un imposible; y ayer, en Port Elizabeth, los jugadores uruguayos lo hicieron valer como poca veces en su largo recorrido por los campeonatos del mundo.

Y celeste fueron los dos goles de Luis Suárez, el primero muy lógico, el segundo tan imposible como citamos en párrafo anterior, y que fue algo así como la metáfora de lo que ha sido la garra de los jugadores de su país desde tiempos inmemoriales.

La victoria llegó en momentos cuando Uruguay empujaba, forcejeaba, iba con el alma por delante y el cuerpo por detrás, en procura de un objetivo impostergable ante un equipo surcoreano difícil, rocoso cuando se lo propone, y que mucho ha aprendido de un tiempo a esta parte.
La selección uruguaya recordó ayer algunas cosas. Principalmente aquel gol de un tal Fonseca, un atacante que se perdió en la noche de los tiempos y que, en el Mundial de Italia 90, marcó un gol de posteridad a la misma Corea del Sur para clasificar a los octavos de final.

Pero la trascendencia de los goles de Suárez no tiene comparación. Por las circunstancias, por todo aquel drama que rodeaba al partido, por los sufrimientos de la zaga suramericana. Por la entrega y el brindis generoso de Diego Lugano, ese titán del valladar central que debe ser la perfecta réplica en el tiempo del charrúa original.

Corea tuvo momentos felices, aunque confusos, en un partido que fue exactamente eso: un ir y venir de tumultos y escaramuzas, de barullos y locuras, que le dio la victoria a aquel equipo que entendió mejor la trascendencia del partido, que supo salir de las zonas oscuras para tomar iniciativas y buscar el horizonte prometido.

Ahora los cuartos de final, vaya, los cuartos de final, nada menos. Un trofeo invalorable para un fútbol que quiere regresar a su lugar, a su punto de partida. Para los uruguayos, como pueblo, el fútbol es una manera de decirle al mundo su capacidad de reponerse, su entereza para asumir la vida, para decirle a sus vecinos del norte y del sur que su fortaleza es capaz de soportarlo todo. Incluyendo los ataques de la siempre empecinada selección de Corea.
Sí señor: “Celeste aunque cueste”.

Por Cristóbol Guerra

viernes, 25 de junio de 2010

Muito obrigado, muito obrigado

Los azares del sorteo celebrado en diciembre pasado en Ciudad del Cabo, hicieron saltar a los aficionados del mundo: Brasil y Portugal se verían los rostros en un enfrentamiento en idioma portugués, y en esa batalla iba a ser posible ser testigos de la lucha por el control del liderazgo entre Kaká y Cristiano Ronaldo.

No pudo ser, porque Kaká sintió el peso del castigo de la tarjeta roja recibida en el partido ante Costa de Marfil, pero sobre todo, y vaya qué argumento, porque el juego de las conveniencias no dejó jugar, valga el juego de palabras.

Contra sus hábitos futbolísticos, de cierta manera traicionado sus características, los portugueses no saltaron ala cancha a buscar la pelota, La regalaron, sin cobro alguno y sin que les diera pena, a un adversario que ante la carencia de necesidad, fue displicente y poco brillante. Este cuadro de objetivos, uno, el equipo suramericano por conservar el primer lugar del grupo, y el europeo, por clasificar a todo evento a los octavos de finales, le dieron forma a un partido de intrascendencias, de mal jugar, de desaciertos y poca imaginación.

De vez en cuando, brasileños y portugueses se acordaban de su responsabilidad con el fútbol y tenían uno que otro detalle. Nilmar, en el lugar de Robinho, trató de picar para hacerle un surco a la cancha con su velocidad de luz, y Cristiano Ronaldo, en la junta intermitente con el Dani Alves compañero, de romper la hermética zaga central verdiamarilla formada por Lucio y Juan.

Pero todo fue un destello, un asomo de buenas intenciones al trasluz de un partido absolutamente condicionado por las circunstancias. Ganar no era una prioridad, para unos y otros, y por eso unos y otros podían pronunciar, con toda propiedad, el “muito obrigado” del clásico agradecimiento en idioma portugués.

Entretanto, en el otro teatro, Costa de Marfil luchaba contra un adversario indestructible: el tiempo, ese crono que en 90 minutos de búsqueda solo le permitió marcar tres goles y no los nueve requeridos para desbancar a Portugal y trascender a los octavos.

Brasil y Portugal tomarán caminos diferentes y tal vez se vuelvan a ver en una hipotética final. Entonces, y seguramente, jugarían un partido distinto, con agallas y ganas, en procura de un objetivo mucho mayor que los de ayer en la cancha de Durban.

Cristóbal Guerra

jueves, 24 de junio de 2010

Eslovaquia pudo más que los campeones

Por lo visto, Eslovaquia se ha acostumbrado a los milagros propios.

En las rondas de clasificación a Suráfrica, sacó fuerzas de donde no tenía para vencer a sus hermanos de la República Checa en la Praga de Kafka, Rilke y Kundera, y conseguir por primera vez como nación eslovaca su acceso a un Mundial.

Y ayer, con determinación y fe, liquidó a Italia en buena ley; batió sin atenuantes a aquella selección italiana carente, poco digna de su pasado luminoso, que solo respondió en las agonías y no cuando tenía que asumir su liderazgo natural. Apenas la entrada de Andrea Pirlo a la cancha le brindó una pizca de imaginación, de inteligencia veterana, pero ni eso alcanzó.
Italia parece vivir adherida al drama que antecede a la tragedia, todo lo italiano parece estar revestido de ese manto destinista inevitable, para lo bueno y para lo malo. Hace cuatro años se coronaron ante Francia en los tiros penales, y ahora caen ante un modesto, casi primitivo equipo eslovaco que siempre tuvo en sus manos el rumbo de aquel partido arisco y confuso, que ha logrado que, de aquí en adelante, el 24 de junio pase a formar parte de la historia nacional de su muy joven nación, y Robert Vittek, autor de dos goles, héroe de la patria.

El rey no tuvo fútbol ni respuestas adecuadas, y ahora, y al menos durante un tiempo, ha perdido sus privilegios en la corte del fútbol, para convertirse, como en la fábula de la rana, el beso y el príncipe, en un plebeyo con el que nadie quiere andar. El fútbol italiano, pues, acaba de mostrar su rostro más inexpresivo.

Eslovaquia, junto a Corea del Sur, son las fuerzas insurgentes de este Mundial. Ellos acarrearán, en los octavos de final, las esperanzas de los que creen en la justicia de los pequeños y en la llegada del Arcángel Gabriel del fútbol universal. Rodando por el carril contrario, Italia y Francia, finalistas en Alemania hace cuatro años, las luces que se apagan, los santos sin creyentes ni plegarias.
Los eslovacos tendrán que lidiar con Holanda en los octavos, y los coreanos con Uruguay. Todo un detalle para aquellos que le sonríen a la posibilidad de que una fuerza nueva e insurgente, como cualquiera de estos cuatro nombres, se convierta en el campeón. En el monarca que suplante en el trono al plebeyo de camiseta azul, derrocado ayer en una remota cancha de África del Sur.

Por Cristóbal Guerra

martes, 22 de junio de 2010

Una batalla por el primer lugar

Partidos como el de ayer entre Uruguay y México, son aquellos que dejan más preguntas que respuestas.

Preguntas como aquella que reza ¿para qué tanta lucha, para qué tanto gasto y sudores, si de cualquier manera los octavos de finales eran un territorio que les era propio? ¿Para qué tantas preocupaciones por unos puntos de utilería, si la empresa de la remontada era un “posible imposible” para la pandilla de Suráfrica?

Pero es que el fútbol es así, el Mundial es así. Hubo ciertos sobresaltos, cómo no, para el equipo de la geografía de mayas y aztecas, cuando sintió en su vientre el dolor agudo del gol de Luis Suárez, a la vez que los surafricanos batían a Francia por 2 a 0. Un escalofrío recorrió entonces los cuerpos mexicanos, solo atenuados por el tiempo que transcurría e iba calmando las agitadas entrañas de los jugadores de camisetas verdes.

El partido en sí, como el teatro de Moliere, tuvo dos actos. Y como el teatro de Moliere, terminó más en comedia que en drama o tragedia, pues luego de una batalla de esfuerzos y estilos en el primer tiempo, todo se transformó en el capítulo final, cuando sabedores de su logro clasificatorio, ya nada tenía sentido, ya nada valía la pena, como no fuera reírse de la vida y de su buena fortuna.

Y fue un buen partido, un enfrentamiento de escuelas. Una tan tradicional como la uruguaya, y otra, de más reciente data, al menos en el quehacer internacional, como la de México. Y aunque los mexicanos tuvieron más volumen y claridad en la primera media hora, los charrúas, tomándole el pulso a las cosas, fueron de a poco comiéndose metros hasta el gol de Suárez.

Y ahí terminó todo, porque el segundo capítulo fue poca cosa, futbolísticamente hablando. México era un montón de buenas intenciones, y Uruguay la paciencia conciente, la calma del que ha vivido mil veces estas situaciones de angustia trocadas en tranquilidad. Así de tupida es su tradición de mil quilates, así de poderosa es su indestructible fibra charrúa.

Nadie puede escoger a sus rivales, como nadie puede presagiar cómo será su vida. Por eso a Uruguay y México, en el fondo, poco les importaba el resultado en Rustemburgo. Sabían que Suráfrica vivía en un planeta remoto, y que los octavos de finales estaban, a menos de una debacle de proporciones estrambóticas, en los camerinos celeste y verdiblanco.



Cristóbal Guerra.

lunes, 21 de junio de 2010

Sorpresas Mundialistas

A una semana de haberse escuchado el primer pitazo en Sudáfrica, y de haber visto como el criticado Jabaluni rodaba sobre el césped del majestuoso Soccer City, sin duda alguna una joya futbolística en el continente africano; muchas han sido las sorpresas. Selecciones que desde su arribo a Johannesburgo llegaron con el calificativo de "favorita", han sido las causantes de tumbar cientos de quinielas.

Quizás la primera sorpresa la dio Corea del Norte, selección que ocupa el puesto número 105 dentro del ranking FIFA, al jugarle un gran partido a Brasil, pentacampeona del mundo. Todos pronosticaban una gran goleada verdeamarella y la historia fue otra, el dos por uno final, dejó muy claro popular dicho de que "favorito no gana mundial", pero aún queda mucha tela que cortar.

España, una de las mejores selecciones de este mundial en cuanto a jugadores se refiere, dejó a muchos boquiabiertos. Los campeones de Europa en el año 2008 mostraron un excelente juego colectivo en su debut en Sudáfrica; a los ibéricos se les vio compenetración entre todos sus jugadores, y hasta llegadas peligrosas al arco por un medianamente recuperado Fernando Torres. Qué le falto a los dirigidos por el experimentado Vicente Del Bosque, nada más y nada menos que el gol, ese preciado motivo que te da las victorias, los puntos y que te lleva a ganar campeonatos.

La derrota de Alemania un gol por cero ante Serbia, representó otra gran sorpresa, pues de venir de un contundente cuatro a cero en su debut frente a Australia, salió por la puerta de atrás en un choque que se veía fácil en el papel.

Fabio Capello recibió si no el peor regalo de cumpleaños al no pasar del empate ante Argelia, pues la paridad en el estreno británico frente a los Estados Unidos los dejó con grandes deudas.

Finalmente, los astros de Raymond Domenech siguen sin funcionarle. Francia quedó al borde de la eliminación al caer dos por cero frente a una selección de México muy inspirada. Sin duda alguna, la ausencia de Karim Benzema le pesará mucho al técnico francés, esto sin pensar en una Benzemadependencia. Aún queda mucho camino por recorrer, y la historia podría cambiar en los próximos noventa minutos.


Daniel Ortiz

Portugal se encuentra con el gol

La historia ha hecho que los portugueses atraviesen los mares en naves de toda especie.

Desde Magallanes hasta Vasco da Gama en carabelas y naos, desde Eusebio hasta Cristiano Ronaldo en jugadas alucinantes y goles estremecedores.

Eusebio en el Mundial Inglaterra 66 condujo la travesía; ayer le tocó a Cristiano ante una desasistida Corea del Norte que se olvidó de aquel equipo que le opuso una recia oposición a Brasil, para deshacerse en inocencias y pequeñeces ante todo un Portugal ambicioso y embriagado que no dejó respirar.

En los primeros minutos, las cosas pintaban difíciles para el equipo ibérico. Corea se defendía con el orden y la compostura que le son conocidas, con su mentalidad para armar el impenetrable sistema de sus líneas posteriores, y todos aquellos esfuerzos de Cristiano Ronaldo eran estériles y se estrellaban a cada instante con las camisetas blancas llegadas desde Pyongyang. Ir era una constante, fallar en el intento, también. Y ni siquiera el gol de Raúl Meirelles en el minuto 28, avizoraba la avalancha que habría de llegar después. Pero llegó, certera y despiadada, para arrasar con toda oposición asiática. Portugal dos, Portugal tres, Portugal siete, Portugal es todo en la cancha, el partido es Portugal contra nadie.

El segundo tiempo de ayer fue un jolgorio de pueblo, de aquellos que se desatan en los partidos de fiestas patronales y que terminan en goleadas y arrebatos. Portugal, desatado pero sin perder la perspectiva, agalludo pero conciente, pasó de largo y tomó aire y confianza para cuando el viernes le toque enfrentar a Brasil. Va a ser, tal vez, el partido de los partidos entre dos selecciones que hacen del fútbol echado para adelante, su santa proclama.

Las nubes se han despejado para el escuadrón lusitano. El cielo se ha abierto para la banda del técnico Carlos Queiroz, que ante Corea vio de cerca la reivindicación futbolística de Raúl Meireles, un gran jugador, de Tiago, de Hugo Almeida y, al final de todo, de un seleccionado que dejó un montón de promesas.

Portugal, la expedición apenas comienza. Sus hombres han encontrado la brújula dejada por sus navegantes antecesores, y emprenden la aventura de los octavos de finales. La goleada ante Corea da para soñar, pues sería toda una debacle para la Lusitania, que Costa de Marfil pueda superar lo visto ayer en el estadio de Ciudad del Cabo.


CRISTÓBAL GUERRA



domingo, 20 de junio de 2010

Italia sigue sin deslubrar

Tan lejos del Mediterráneo, pero tan cerca de las camisetas italianas. Tan lejos del primer mundo futbolístico, pero tan cerquita de un empate que resultó una hazaña para el seleccionado de Nueva Zelanda.

Una igualada que dio continuidad a la saga de sobresaltos mundialistas, un montón de locuras desatadas por marcadores atípicos, que le han dado al Mundial un rostro absolutamente bizarro. Hagamos un inventario: ¿cuántas personas en este mundo, aparte de los suizos, podrían haber pensado que su selección iba a ganar a la superfavorita España? ¿Y cuántas que Serbia iba a liquidar a la orgullosa Alemania, y cuántas que Estados Unidos iba a firmar un armisticio con la poderosa Inglaterra?

Y ahora se aparece la isla del océano Pacífico, tan remota, tan desconocida para los que por aquí vivimos, tan Russell Crowe, mire y que para empatarle a Italia, la campeona del mundo, en un partido de sufrimientos neocelandeses, pero también de logros a punta de temperamento y carácter.

El gol de Shane Smeltz en los albores del partido no anticipaba nada, no quería decir nada ante la gran Italia. Llegó el empate con el penal cobrado por Vincenzo Iaquinta y, como aquellas películas de aventuras en las que todo el mundo sabe lo que al final va a pasar, era un asunto de esperar la gestión del juego para ver cómo era que los italianos iba a despedazar al invasor de Oceanía.

Esperando se quedaron, esperando se quedó el archiprofesionalizado fútbol italiano. Sí, Italia siempre comienza así y remonta, no solo en este partido, sino en el Mundial. Va de a poquito y, en lo que llegan los octavos de finales, despega y hasta más nunca. Pero ayer no fue así. Italia fue y buscó, como le correspondía a un equipo de su talante, pero todo fue estéril ante la resistencia empecinada de un escuadrón blanco que, después de empatar en el último minuto ante Eslovaquia, se ha envalentonado y ahora tiene la certeza de que clasificar a la ronda que viene no es un imposible.

¿Qué le pasó a Italia? Tal vez está sintiendo el rigor de los tiempos, de los cambios generacionales, de las ausencias de los Totti, los Del Piero y todo eso. No tiene la mano que conduzca, el Andrea Pirlo que lesionado no ha podido jugar un minuto en el torneo. O tal vez sea que el fútbol ha cambiado, que ya los nombres grandes no asustan, y que el puesto de comando esté cerca de cambiar.

CRISTÓBAL GUERRA

Italia sigue sin deslubrar

Tan lejos del Mediterráneo, pero tan cerca de las camisetas italianas. Tan lejos del primer mundo futbolístico, pero tan cerquita de un empate que resultó una hazaña para el seleccionado de Nueva Zelanda.

Una igualada que dio continuidad a la saga de sobresaltos mundialistas, un montón de locuras desatadas por marcadores atípicos, que le han dado al Mundial un rostro absolutamente bizarro. Hagamos un inventario: ¿cuántas personas en este mundo, aparte de los suizos, podrían haber pensado que su selección iba a ganar a la superfavorita España? ¿Y cuántas que Serbia iba a liquidar a la orgullosa Alemania, y cuántas que Estados Unidos iba a firmar un armisticio con la poderosa Inglaterra?

Y ahora se aparece la isla del océano Pacífico, tan remota, tan desconocida para los que por aquí vivimos, tan Russell Crowe, mire y que para empatarle a Italia, la campeona del mundo, en un partido de sufrimientos neocelandeses, pero también de logros a punta de temperamento y carácter.

El gol de Shane Smeltz en los albores del partido no anticipaba nada, no quería decir nada ante la gran Italia. Llegó el empate con el penal cobrado por Vincenzo Iaquinta y, como aquellas películas de aventuras en las que todo el mundo sabe lo que al final va a pasar, era un asunto de esperar la gestión del juego para ver cómo era que los italianos iba a despedazar al invasor de Oceanía.

Esperando se quedaron, esperando se quedó el archiprofesionalizado fútbol italiano. Sí, Italia siempre comienza así y remonta, no solo en este partido, sino en el Mundial. Va de a poquito y, en lo que llegan los octavos de finales, despega y hasta más nunca. Pero ayer no fue así. Italia fue y buscó, como le correspondía a un equipo de su talante, pero todo fue estéril ante la resistencia empecinada de un escuadrón blanco que, después de empatar en el último minuto ante Eslovaquia, se ha envalentonado y ahora tiene la certeza de que clasificar a la ronda que viene no es un imposible.

¿Qué le pasó a Italia? Tal vez está sintiendo el rigor de los tiempos, de los cambios generacionales, de las ausencias de los Totti, los Del Piero y todo eso. No tiene la mano que conduzca, el Andrea Pirlo que lesionado no ha podido jugar un minuto en el torneo. O tal vez sea que el fútbol ha cambiado, que ya los nombres grandes no asustan, y que el puesto de comando esté cerca de cambiar.

CRISTÓBAL GUERRA