Partidos como el de ayer entre Uruguay y México, son aquellos que dejan más preguntas que respuestas.
Preguntas como aquella que reza ¿para qué tanta lucha, para qué tanto gasto y sudores, si de cualquier manera los octavos de finales eran un territorio que les era propio? ¿Para qué tantas preocupaciones por unos puntos de utilería, si la empresa de la remontada era un “posible imposible” para la pandilla de Suráfrica?
Pero es que el fútbol es así, el Mundial es así. Hubo ciertos sobresaltos, cómo no, para el equipo de la geografía de mayas y aztecas, cuando sintió en su vientre el dolor agudo del gol de Luis Suárez, a la vez que los surafricanos batían a Francia por 2 a 0. Un escalofrío recorrió entonces los cuerpos mexicanos, solo atenuados por el tiempo que transcurría e iba calmando las agitadas entrañas de los jugadores de camisetas verdes.
El partido en sí, como el teatro de Moliere, tuvo dos actos. Y como el teatro de Moliere, terminó más en comedia que en drama o tragedia, pues luego de una batalla de esfuerzos y estilos en el primer tiempo, todo se transformó en el capítulo final, cuando sabedores de su logro clasificatorio, ya nada tenía sentido, ya nada valía la pena, como no fuera reírse de la vida y de su buena fortuna.
Y fue un buen partido, un enfrentamiento de escuelas. Una tan tradicional como la uruguaya, y otra, de más reciente data, al menos en el quehacer internacional, como la de México. Y aunque los mexicanos tuvieron más volumen y claridad en la primera media hora, los charrúas, tomándole el pulso a las cosas, fueron de a poco comiéndose metros hasta el gol de Suárez.
Y ahí terminó todo, porque el segundo capítulo fue poca cosa, futbolísticamente hablando. México era un montón de buenas intenciones, y Uruguay la paciencia conciente, la calma del que ha vivido mil veces estas situaciones de angustia trocadas en tranquilidad. Así de tupida es su tradición de mil quilates, así de poderosa es su indestructible fibra charrúa.
Nadie puede escoger a sus rivales, como nadie puede presagiar cómo será su vida. Por eso a Uruguay y México, en el fondo, poco les importaba el resultado en Rustemburgo. Sabían que Suráfrica vivía en un planeta remoto, y que los octavos de finales estaban, a menos de una debacle de proporciones estrambóticas, en los camerinos celeste y verdiblanco.
Tengo una duda: ¿Cómo sería el desempate de un grupo, si todos los equipos están igualados en puntos, goles a favor y en contra? Ejemplo: Todos los partidos de los cuatro equipos fueron empatados 1-1 ó 0-0.
ResponderEliminarJusto Gómez.