Los entusiasmos de aquellos cercanos, ya lejanos primeros días, llevaron a la desmesura. América triunfa, la vieja Europa no existe. Se soñaba con unas semifinales de cuatro equipos suramericanos, y una final Brasil-Argentina tan inédita como irrepetible.
Faltos de cautela, peleados con la mesura, los medios de comunicación de esta parte del mundo atronaron el aire con cantos de victoria: Paraguay, Uruguay, Brasil, Argentina, Chile, todos desplegaban sus banderas y no se vislumbraba fuerza humana capaz de detenerlos. En realidad no era nada nuevo esto de los fuegos de artificio comunicacionales; ellos estaban haciendo lo que suelen hacer en momentos así: el juego de la inmediatez. Esperar lo que habrá de venir, ¿ para qué? No hacían falta ya el Grupo de Río, ni el Alca, ni Mercosur: el nuevo gremio llamado Unión Latinoamericana Futbolística acababa de ver la luz, y vaya éxito el de sus primeras andanzas en la geografía universal del optimismo.
Después de la II Guerra Mundial, y con la ayuda del llamado “Plan Marshall” ideado por Estados Unidos, Europa debió reinventarse, y se reinventó. Y ahora, valgan el Euro y la Comunidad Económica, es cabeza del mundo conocido y del que está por inventarse.
En Suráfrica, Miroslav Klose, Thomas Muller, David Villa, Arjen Robben dibujaron su “Plan Marshall” y la vieja Europa ha renacido. Y, haciendo de la nada un todo, de su debilidad una fortaleza, tres de sus selecciones están en las semifinales. Siempre sucede: Europa es buena cuando es mala, se levanta cuando más caída está.
Cuesta creerlo, pero es verdad: solo Uruguay, con sus 170 mil kilómetros cuadrados de superficie, con sus tres millones y medio de habitantes mal contados, sobrevive. Uruguay cabe, y sobra tierra, en el estado Bolívar, y toda su población es la suma de Petare, Guarenas, Guatire y Barlovento. Las vueltas del azar lo han puesto ahí, con esa responsabilidad, pero qué es eso para Diego Forlán y su pandilla, acostumbrada como está a repeler los ataques de la historia.
De aquí en adelante, y para dentro de cuatro años cuando el Mundial frague en Ipanema, Copacabana, Leblón y el Maracaná, América del Sur va a tener que correr. Montar su propio “Plan Marshall” versión mestiza, para no tener que someterse a la humillación de ver a los europeos cruzar el gran océano con el trofeo en las manos.
CRISTÓBAL GUERRA
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