miércoles, 7 de julio de 2010

Cierto asunto holandés

Si Holanda es campeón del Mundial el próximo domingo, estamos seguros de que pocos recordarán, dentro de un año, los nombres de sus jugadores: “Van… ¿Van qué?”, preguntarán por las esquinas, porque este equipo, tan diferente a aquellos finalistas de las copas del 74 y del 78, no deslumbra por sus hombres en el hecho individual.

Gusta el conjunto, la homogeneidad de su bloque, la armonía de sus líneas de ballet, pero no hay un ídolo muy especial. Arjen Robben, magnífico pero displicente; Wesley Sneijder, espléndido pero gélido; Robin van Persie, incisivo pero tonto. Más bien, los más chispeantes y calientes son Dirk Kuyt y Mark van Bommel, que por ser mediocampistas y trabajadores que rinden frutos a sus atacantes, pasan callados: esa es su obligación, y a ser segundones están condenados.

“¿Van qué?”. Van todos, van idea clara y objetivos a la mano. Ya no es aquella famosa “Naranja mecánica” que quedó atrapada en la memoria del mundo, aquella bandada de pájaros de naranja que revoloteaban por todos los campos. Ahora hay medida, hay un aprendizaje tomado de los italianos, para ir de a poco hasta llegar a donde se tiene que llegar. Ahora hay una mesura que le faltó a los equipos del pasado, un dejarse estar a la espera del error adversario para dar el gran golpe, el mazazo certero, el palo firme y desalentador.

De cierta manera, el fútbol ha vuelto a sus orígenes, a su concepción primigenia. Porque desde Pelé hasta Maradona, con Johan Cruyff en el medio de la travesía, casi todos dependían de las virtudes y quehaceres de un hombre. Todavía queda un poco de esa épica, tipificada por el uruguayo Diego Forlán (por cierto, ya no tenemos dudas: Forlán es el mejor jugador del mundo). El fútbol es otra vez conjunto y solidaridad, asociación de esfuerzos en procura del tesoro escondido en la base del arco iris.

Y eso es Holanda, la Holanda agridulce que gana y convence, pero que no estremece. Que ha llegado a la final casi calladamente, con pasos ingrávidos, pero firme. Qué bueno es recordar ahora que tiene veintitantos partidos sin perder, que es el único que ha ganado seis juegos en este Mundial, y que fue el primero en clasificar en su grupo europeo para el viaje a Suráfrica.

Tal vez, ni siquiera un escolar, de esos que coleccionan barajitas Panini, sabe quiénes marcaron los goles a Uruguay, pero la “naranja agridulce” espera tranquila en Johannesburgo por su rival del partido final.


CRISTÓBAL GUERRA

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