lunes, 12 de julio de 2010

Preparaos: el 2014 ya está aquí

No hay nada en este mundo que pueda llenar el vacío postmundialista. Ni las conversaciones con los amigos, ni los recuerdos de los mejores goles, ni el goce de la victoria o la frustración de la amarga derrota. Nada.

Y ahora ¿qué va a ser de mi vida?, se han preguntado algunos, exagerando la nota o de verdad sintiendo el rigor de la ausencia, ese territorio inhóspito del que cuesta regresar. Un mes de partidos mundialistas suele dejar marcados los surcos de la excitación, del dejarse llevar, del estar colgado a la espera del siguiente partido y su resultado.

Caracas ha amanecido sola, sin tema de conversación. Las calles se miran todas iguales, monótonas, repetidas, como en Vislumbres de la India, la obra de Octavio Paz ambientada en el inmenso país de Mahatma Gandhi. “Voy viendo la monotonía, que es una de las características de la inmensidad”, dice el escritor mexicano de un viaje en tren, y ahora la metrópoli venezolana parece repetir tan aguda observación.

Suráfrica dio un vuelco. Comenzó como un torneo más cerca de las fronteras del aburrimiento y la repetitividad, que de la alegría del juego. Parado en el umbral del miedo a perder y del conservadurismo, consumió su primera ronda sin alma, rindiéndose a la lógica y si que desde sus entrañas saliera un chispazo de locura. Cierto poeta, decepcionado de la cordura y las formalidades del mundo actual, escribió alguna vez: “De cuando estuve loco aún conservo/un par de gramos de delirio en rama/por si atacan con su razón los cuerdos”.

Pero el Mundial se reinventó sobre la marcha y comenzó a ofrecer, desde los octavos de final, aquellas emociones que guardaba en un cofre cerrado bajo siete llaves. Comenzó el atrevimiento, afloraron las ambiciones desmedidas, los goles a raudales, y el fútbol se llevó el premio mayor. El delirio en rama del poeta, pues, se consumió completo.

Pero nada como terminar una cosa para comenzar otra. Desde Río de Janeiro ya se oye el vocerío que invita al próximo Mundial; ya se huele el “cheiro” (aroma, perfume) que llega desde el océano Atlántico y s esparce por el planeta entero. ¿Quiénes clasificarán al 2014? ¿Estará Venezuela entre los elegidos? ¿Qué selecciones jugarán la final? ¿Deslumbrará Brasil con sus estadios magnificentes y futuristas? ¿Podrá América ganar su décimo título para igualarse en trofeos con la orgullosa Europa?

Calma y preparados. El Mundial 2014 ya está aquí.



CRISTÓBAL GUERRA


viernes, 9 de julio de 2010

Toñito, el pulpo de Cumaná

El relato forma parte de la mitología cumanesa, rica en historias de espectros y aparecidos. Contaba Juan Francisco Martínez, pescador del puerto de la ciudad, que cierta vez un grupo de sus colegas de oficio había capturado, en una de sus aventuras nocturnas por las aguas del golfo de Cariaco, un pulpo de pequeño tamaño que se adhería a la oquedad de las rocas del fondo.


Los hombres de mar habían salido en sus botes peñeros en procura de los peces que al amanecer solían vender en el mercado, por entonces ubicado a orillas del río Manzanares. Como no encontraban qué hacer con el molusco bebé, decidieron entregarlo al señor Antonio María Guzmán, dueño de una casa en el cercano barrio de El Salao, en cuyo patio había un estanque lleno con de agua de mar. Desde ahí en adelante el pulpo fue llamado Toñito, como también llamaban a su dueño, quien se encargó de mantenerlo vivo.


Cierto día, el pulpo amaneció con cinco tentáculos escondidos debajo de su cuerpo, y solo tres a la vista. Antonio María, hombre de cábalas y jugador, decidió comprar todos los billetes de lotería que comenzaran por tres. Ganó una fortuna, y desde entonces no había mañana en la que el estanque de Toñito no amaneciera rodeado de pescadores ingenuos, en procura de “información” buena para triunfar en el azar. Nunca más se supo de un acierto, pero quedó para siempre el mito del cefalópodo que hizo rico a su cuidador.

Esta historia, oída en Cumaná en los días de nuestra niñez (fines de los años 50), viene a cuento después de enterarnos de las andanzas submarinas de Paul, el pulpo inglés criado en el acuario Seelife, de Oberhausen, Alemania, relacionadas con sus pronósticos mundialistas. Según ofrecen las imágenes de la televisión y reseñan las agencias de noticias, el enorme molusco se acerca a una caja de cristal o plástico, en la que se han colocado las banderas de los dos equipos en pugna. Paul arropa una de ellas con sus ocho brazos y sus infinitas ventosas, y tal parece que el porcentaje de acierto es realmente alto.

Paul ha recibido más publicidad que la selección de Eslovaquia y los jugadores de Nueva Zelanda: ¿excentricidad de los tiempos que corren o truco publicitario?, no lo sabemos, pero el mundo entero vive pendiente de sus predicciones.


Nunca supimos qué fue de Toñito (¿cuánto tiempo vive un pulpo?), pero lo vamos a indagar. Porque si aún está vivo, entonces vamos a preguntarle si la Vinotinto va a clasificar al Mundial de Brasil 2014.



CRISTÓBAL GUERRA

miércoles, 7 de julio de 2010

Vuelve la Naranja Mecánica

Holanda vuelve a una final del mundo 32 años después, la última ocasión fue en Argentina 1978 cuando fueron superados por los locales, la albiceleste, en el estadio Monumental de Buenos Aires con Mario Alberto Kempes en plan estelar. Cuatro años antes, en el mundial de Alemania 1974, Holanda también fue finalista y también cayo ante el combinado local, pero en esa oportunidad en el estadio Olímpico de Munich con un tanto de Gerad Müller. Sin duda esa fue una generación sensacional comandada por Johan Cryuff, Johan Neeskens, Johnny Rep y Rob Resenbrink, los inventores del “fútbol total” y creadores de la Naranja Mecánica.

Esta selección comandada por talentosos jugadores como Arjen Robben, Wesley Sneijder y Mark Van Bomel han conseguido el ansiado boleto a la final, lo que otras grandes generaciones no pudieron hacer, como la de Ruud Gullit, Marco Van Basten y Frank Rijkaard, campeones de la Eurocopa de 1988, único titulo de Holanda, o mas recientemente la liderada por Dennis Berkamp, Patrick Kluivert y los gemelos De Boer.

La versión 2010 de la Naranja Mecánica llegó a 25 juegos invicta, incluyendo toda la fase del premundial y los seis triunfos en suelo Sudafricano, si se titulan campeones, estarían consiguiendo lo que sólo ha logrado el combinado de Brasil en los mundiales de México 1970 comandados por el Rey Pelé, y en Japón y Corea 2002 liderados por Ronaldo y Rivaldo.

Esta Holanda dirigida por Bert Van Marwijk no tiene un juego vistoso, pero si muy efectivo y ordenado tácticamente. Sólidos en defensa y equilibrados en el centro del campo, los tulipanes cuentan con dos jugadores realmente desequilibrantes, Arjen Robben con su rapidez y Wesley Sneijder con su pegada, capaces de superar a cualquier defensa.


Ahora
la Naranja Mecánica espera por su rival en la final, la España de David Villa, según las predicciones del Pulpo Paúl, o la Alemania de Miroslav Klose, que viene de golear a Inglaterra y Argentina, sea cual sea, Holanda espera que la tercera sea la vencida.

Por Miguel Ángel Riquezes.

El grito anti clímax del automercado

Un amigo muy cercano, contaba: “El otro día estaba en un automercado, y en los televisores estaban transmitiendo el juego entre Brasil y Holanda. Cuando terminó el partido la gente dio un grito de satisfacción, porque parece que todos querían que eliminaran a los brasileños. Era como queriendo decir que hasta cuándo ganaban los mismos”.
La historia del amigo la creímos a medias. Él, simpatizante de la selección española, obviamente que tenía sus intereses. Y no le dimos al pana todo el crédito posible, porque en este país en cada esquina hay un caraquista y un magallanero, uno que va a Brasil y otros que va a Argentina. No hay unanimidades, así que el cuento del supermercado huele a guiso de pasión mundialista.
Pero más allá del entusiasmo anti brasileño de la gente que llenaba los carritos con sus mayonesas, sus salsas de tomate y sus arroces y sus pastas y sus verduras, seguramente lo que había era un sentimiento a favor de la novedad, del anhelado rostro fresco que el fútbol requiere con urgencia de enamorados quinceañeros.
Ni Brasil, ni Italia, ni Argentina, ni Alemania. Algo nuevo que el lunes próximo ilumine las redacciones de los medios de comunicación social, y que haga estallar, desde lo más profundos de las gargantas, el grito de “¡Al fin!”.
Unas remozadas relaciones de poder, con diferentes cabezas de serie, le darían al sorteo del Mundial 2014 un interés especial. No es poca cosa: en el bombo 1, cabeza de serie Eslovaquia; en el 2, Nueva Zelanda; en el 3, Ghana; en el 4, Corea del Norte; en el 5, Australia; en el 6, Camerún; en el 7, Dinamarca; en el 8, Grecia.
Claro que lo dicho es un acto de desmesura, una travesura periodística de quien escribe, pero las necesidades de los tiempos que corren, el hecho de las despedidas madrugadoras de los de siempre, van a llevar agua para el molino de las novedades. Los uruguayos, por ejemplo, podrán argumentar: ¿por qué Argentina será cabeza de serie y no nosotros, que en Suráfrica llegamos más lejos y que, como ellos, también tenemos dos títulos mundiales? ¿No merecemos el mismo trato y respeto?
Si el fútbol requiere montarse en el potro salvaje de las nuevas tecnologías, también requiere de nuevos actores, así esto no dependa directamente de la impenetrable burocracia de la FIFA, sino más bien del juego mismo. Vienen cambios, estemos preparados.

Cristóbal Guerra

Cierto asunto holandés

Si Holanda es campeón del Mundial el próximo domingo, estamos seguros de que pocos recordarán, dentro de un año, los nombres de sus jugadores: “Van… ¿Van qué?”, preguntarán por las esquinas, porque este equipo, tan diferente a aquellos finalistas de las copas del 74 y del 78, no deslumbra por sus hombres en el hecho individual.

Gusta el conjunto, la homogeneidad de su bloque, la armonía de sus líneas de ballet, pero no hay un ídolo muy especial. Arjen Robben, magnífico pero displicente; Wesley Sneijder, espléndido pero gélido; Robin van Persie, incisivo pero tonto. Más bien, los más chispeantes y calientes son Dirk Kuyt y Mark van Bommel, que por ser mediocampistas y trabajadores que rinden frutos a sus atacantes, pasan callados: esa es su obligación, y a ser segundones están condenados.

“¿Van qué?”. Van todos, van idea clara y objetivos a la mano. Ya no es aquella famosa “Naranja mecánica” que quedó atrapada en la memoria del mundo, aquella bandada de pájaros de naranja que revoloteaban por todos los campos. Ahora hay medida, hay un aprendizaje tomado de los italianos, para ir de a poco hasta llegar a donde se tiene que llegar. Ahora hay una mesura que le faltó a los equipos del pasado, un dejarse estar a la espera del error adversario para dar el gran golpe, el mazazo certero, el palo firme y desalentador.

De cierta manera, el fútbol ha vuelto a sus orígenes, a su concepción primigenia. Porque desde Pelé hasta Maradona, con Johan Cruyff en el medio de la travesía, casi todos dependían de las virtudes y quehaceres de un hombre. Todavía queda un poco de esa épica, tipificada por el uruguayo Diego Forlán (por cierto, ya no tenemos dudas: Forlán es el mejor jugador del mundo). El fútbol es otra vez conjunto y solidaridad, asociación de esfuerzos en procura del tesoro escondido en la base del arco iris.

Y eso es Holanda, la Holanda agridulce que gana y convence, pero que no estremece. Que ha llegado a la final casi calladamente, con pasos ingrávidos, pero firme. Qué bueno es recordar ahora que tiene veintitantos partidos sin perder, que es el único que ha ganado seis juegos en este Mundial, y que fue el primero en clasificar en su grupo europeo para el viaje a Suráfrica.

Tal vez, ni siquiera un escolar, de esos que coleccionan barajitas Panini, sabe quiénes marcaron los goles a Uruguay, pero la “naranja agridulce” espera tranquila en Johannesburgo por su rival del partido final.


CRISTÓBAL GUERRA

martes, 6 de julio de 2010

Tumultos locos en portugués mayor

En los aeropuertos de Galeao, en Río de Janeiro, y Guarulhos, en Sao Paulo, la gente no sabía qué actitud tomar. Eran dos corrientes de agua de emociones encontradas, unas que iban, otras que venían.

Finalmente, la gente supo qué hacer: aplaudir a Juan, pitar a Felipe Melo, aplaudir y pitar a Julio César. Tumultos encontrados, y los sentimientos, como los dioses de aquella película humorística, enloquecieron de repente. Una mujer joven llevó un cartel que decía: “Dunga burro”. Burro, en el entendido brasilero, es lo peor de lo peor, lo más denigrante que alguien pueda decir a quien se odia. Al paso del técnico, un hombre de mediana edad aplaudió con agradecimiento.

Era el regreso. Y con el regreso, el vacío, la desesperación, la nada. ¿Y ahora qué?¿Qué hacer ahora con nuestras vidas, si es que después del fracaso aún queda vida? En Brasil, “fútbol” es una palabra de infinitos significados. Es una concepción de la vida, una manera de respirar. De levantarse cada día, de sentir que se está en este mundo.

En las enloquecidas carreras, en medio de tanta congestión, se oyó una voz: Mano Menezes. Sí, Mano Menezes, entrenador del Corinthians, el equipo de los amores del presidente Lula. ¿Mano Menezes, sugerido a la Confederación Brasilera de Fútbol por Lula, impuesto por Lula? Ese puede ser el hombre, el que cargue de aquí en adelante con los rezagos surafricanos de los tiempos de Dunga.

Por las calles la gente mira hacia ningún lado, no hay explicación para la debacle, no hay un culpable unánime. El diario O Globo abrió una encuesta y los candidatos fueron Dunga, Felipe Melo y Kaká. Ganador: Dunga. Pero la gente sigue sin rumbo, las cartas de navegación quedaron enterradas en la cancha de Port Elizabeth.

No obstante, los enemigos que hoy celebran no vayan a creer que su fiesta es para siempre: dentro de cuatro años Brasil armará el seleccionado más imbatible de todas las épocas, mascullan aquellos pocos cariocas, paulistas, mineros, bahianos y gauchos que han despertado a la razón, y que desde ya buscan almanaques a los que, con paciencia de chinos, irán arrancando las hojas hasta que en el 2014, Brasil sea anfitrión del próximo Mundial.

En la calle Vinicius de Moraes, en Ipanema, un cartel adherido a la puerta de un negocio de souvenirs, dice: “E agora o hexa”. Dentro de cuatro años y un día, tal vez tenga que ser cambiado por otro que inscriba: “E agora o hepta”.


CRISTÓBAL GUERRA

El Plan Marshall de Suráfrica 2010

Los entusiasmos de aquellos cercanos, ya lejanos primeros días, llevaron a la desmesura. América triunfa, la vieja Europa no existe. Se soñaba con unas semifinales de cuatro equipos suramericanos, y una final Brasil-Argentina tan inédita como irrepetible.

Faltos de cautela, peleados con la mesura, los medios de comunicación de esta parte del mundo atronaron el aire con cantos de victoria: Paraguay, Uruguay, Brasil, Argentina, Chile, todos desplegaban sus banderas y no se vislumbraba fuerza humana capaz de detenerlos. En realidad no era nada nuevo esto de los fuegos de artificio comunicacionales; ellos estaban haciendo lo que suelen hacer en momentos así: el juego de la inmediatez. Esperar lo que habrá de venir, ¿ para qué? No hacían falta ya el Grupo de Río, ni el Alca, ni Mercosur: el nuevo gremio llamado Unión Latinoamericana Futbolística acababa de ver la luz, y vaya éxito el de sus primeras andanzas en la geografía universal del optimismo.

Después de la II Guerra Mundial, y con la ayuda del llamado “Plan Marshall” ideado por Estados Unidos, Europa debió reinventarse, y se reinventó. Y ahora, valgan el Euro y la Comunidad Económica, es cabeza del mundo conocido y del que está por inventarse.

En Suráfrica, Miroslav Klose, Thomas Muller, David Villa, Arjen Robben dibujaron su “Plan Marshall” y la vieja Europa ha renacido. Y, haciendo de la nada un todo, de su debilidad una fortaleza, tres de sus selecciones están en las semifinales. Siempre sucede: Europa es buena cuando es mala, se levanta cuando más caída está.

Cuesta creerlo, pero es verdad: solo Uruguay, con sus 170 mil kilómetros cuadrados de superficie, con sus tres millones y medio de habitantes mal contados, sobrevive. Uruguay cabe, y sobra tierra, en el estado Bolívar, y toda su población es la suma de Petare, Guarenas, Guatire y Barlovento. Las vueltas del azar lo han puesto ahí, con esa responsabilidad, pero qué es eso para Diego Forlán y su pandilla, acostumbrada como está a repeler los ataques de la historia.

De aquí en adelante, y para dentro de cuatro años cuando el Mundial frague en Ipanema, Copacabana, Leblón y el Maracaná, América del Sur va a tener que correr. Montar su propio “Plan Marshall” versión mestiza, para no tener que someterse a la humillación de ver a los europeos cruzar el gran océano con el trofeo en las manos.

CRISTÓBAL GUERRA