Regresar, desandar los pasos y ser triunfador caracterizó la gesta de Ulises en la Odisea. Ítaca era el objetivo, la parada final, como lo fue el gol hoy en Bloemfontein para la selección griega en el camino hacia su primera victoria en mundiales de fútbol.
Con el viento del Mediterráneo en contra, Grecia sintió el rigor de estar abajo luego del gol de Uche en el minuto 15. Por entonces, el país helénico parecía desconcertado, perdido en el mar picado de su incapacidad, pero como el fútbol tiene sus cosas y sus detalles, la expulsión de Kaita, en el 33 y en una acción tan inocente como irresponsable, determinó que el destino del partido ardiente y bien jugado, cambió el rumbo.
Entonces las naves de la flota griega enderezaron, llegó el empate por Salpingidis y el panorama y el porvenir se abrieron para aquel equipo que, con orden y concierto, se enrumbara hacia el puerto seguro de una conquista que terminó por ser inobjetable.
Nigeria, con 10 hombres, asumió el partido como pudo. Buscó sin ideas, su defensa se hizo un caos cada vez que Grecia metía el punzón de su ataque, y entonces se sabía que todo, como en las sentencias de muerte, era un asunto de tiempo.
Grecia se ordenó, con un orden que hizo recordar al oficioso equipo campeón de la Eurocopa de 2004, y se tomó las cosas con mucha calma. Buscó por aquí y por allá, extenuando los caminos, siempre con Tziolis como referencia de salida y Karagounis, su gran capitán, como el tipo que mandaba y brindaba las ideas.
Así llegó el gol de la victoria. Tziolis, un organizador que insurgió en este partido como uno de los mejores del torneo en esas funciones, armó la jugada y fue el autor intelectual del gol de Torosidis que lo decidió todo. Grecia alzaba los brazos, Ulises regresaba a Ítaca con sonrisas, y Penélope, paciente, recibía el trofeo de la perseverancia.
Nigeria volvió a fallar en los grandes momentos. Ante Argentina buscó el partido por todos los flancos, pero su falta de explosión a la hora de las definiciones terminó por perderla. Hoy, aunque fueron otras las circunstancias, tampoco pudo llevarse para Lagos los puntos de la esperanza, siempre esquiva, siempre fallida. Los nigerianos perdieron los nervios, llegó la tarjeta roja para Kaita, y se desvaneció todo aquello que, hasta entonces, parecía un sueño Un sueño que en sueño se quedó.
Cristóbal Guerra
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