lunes, 12 de julio de 2010

Preparaos: el 2014 ya está aquí

No hay nada en este mundo que pueda llenar el vacío postmundialista. Ni las conversaciones con los amigos, ni los recuerdos de los mejores goles, ni el goce de la victoria o la frustración de la amarga derrota. Nada.

Y ahora ¿qué va a ser de mi vida?, se han preguntado algunos, exagerando la nota o de verdad sintiendo el rigor de la ausencia, ese territorio inhóspito del que cuesta regresar. Un mes de partidos mundialistas suele dejar marcados los surcos de la excitación, del dejarse llevar, del estar colgado a la espera del siguiente partido y su resultado.

Caracas ha amanecido sola, sin tema de conversación. Las calles se miran todas iguales, monótonas, repetidas, como en Vislumbres de la India, la obra de Octavio Paz ambientada en el inmenso país de Mahatma Gandhi. “Voy viendo la monotonía, que es una de las características de la inmensidad”, dice el escritor mexicano de un viaje en tren, y ahora la metrópoli venezolana parece repetir tan aguda observación.

Suráfrica dio un vuelco. Comenzó como un torneo más cerca de las fronteras del aburrimiento y la repetitividad, que de la alegría del juego. Parado en el umbral del miedo a perder y del conservadurismo, consumió su primera ronda sin alma, rindiéndose a la lógica y si que desde sus entrañas saliera un chispazo de locura. Cierto poeta, decepcionado de la cordura y las formalidades del mundo actual, escribió alguna vez: “De cuando estuve loco aún conservo/un par de gramos de delirio en rama/por si atacan con su razón los cuerdos”.

Pero el Mundial se reinventó sobre la marcha y comenzó a ofrecer, desde los octavos de final, aquellas emociones que guardaba en un cofre cerrado bajo siete llaves. Comenzó el atrevimiento, afloraron las ambiciones desmedidas, los goles a raudales, y el fútbol se llevó el premio mayor. El delirio en rama del poeta, pues, se consumió completo.

Pero nada como terminar una cosa para comenzar otra. Desde Río de Janeiro ya se oye el vocerío que invita al próximo Mundial; ya se huele el “cheiro” (aroma, perfume) que llega desde el océano Atlántico y s esparce por el planeta entero. ¿Quiénes clasificarán al 2014? ¿Estará Venezuela entre los elegidos? ¿Qué selecciones jugarán la final? ¿Deslumbrará Brasil con sus estadios magnificentes y futuristas? ¿Podrá América ganar su décimo título para igualarse en trofeos con la orgullosa Europa?

Calma y preparados. El Mundial 2014 ya está aquí.



CRISTÓBAL GUERRA


viernes, 9 de julio de 2010

Toñito, el pulpo de Cumaná

El relato forma parte de la mitología cumanesa, rica en historias de espectros y aparecidos. Contaba Juan Francisco Martínez, pescador del puerto de la ciudad, que cierta vez un grupo de sus colegas de oficio había capturado, en una de sus aventuras nocturnas por las aguas del golfo de Cariaco, un pulpo de pequeño tamaño que se adhería a la oquedad de las rocas del fondo.


Los hombres de mar habían salido en sus botes peñeros en procura de los peces que al amanecer solían vender en el mercado, por entonces ubicado a orillas del río Manzanares. Como no encontraban qué hacer con el molusco bebé, decidieron entregarlo al señor Antonio María Guzmán, dueño de una casa en el cercano barrio de El Salao, en cuyo patio había un estanque lleno con de agua de mar. Desde ahí en adelante el pulpo fue llamado Toñito, como también llamaban a su dueño, quien se encargó de mantenerlo vivo.


Cierto día, el pulpo amaneció con cinco tentáculos escondidos debajo de su cuerpo, y solo tres a la vista. Antonio María, hombre de cábalas y jugador, decidió comprar todos los billetes de lotería que comenzaran por tres. Ganó una fortuna, y desde entonces no había mañana en la que el estanque de Toñito no amaneciera rodeado de pescadores ingenuos, en procura de “información” buena para triunfar en el azar. Nunca más se supo de un acierto, pero quedó para siempre el mito del cefalópodo que hizo rico a su cuidador.

Esta historia, oída en Cumaná en los días de nuestra niñez (fines de los años 50), viene a cuento después de enterarnos de las andanzas submarinas de Paul, el pulpo inglés criado en el acuario Seelife, de Oberhausen, Alemania, relacionadas con sus pronósticos mundialistas. Según ofrecen las imágenes de la televisión y reseñan las agencias de noticias, el enorme molusco se acerca a una caja de cristal o plástico, en la que se han colocado las banderas de los dos equipos en pugna. Paul arropa una de ellas con sus ocho brazos y sus infinitas ventosas, y tal parece que el porcentaje de acierto es realmente alto.

Paul ha recibido más publicidad que la selección de Eslovaquia y los jugadores de Nueva Zelanda: ¿excentricidad de los tiempos que corren o truco publicitario?, no lo sabemos, pero el mundo entero vive pendiente de sus predicciones.


Nunca supimos qué fue de Toñito (¿cuánto tiempo vive un pulpo?), pero lo vamos a indagar. Porque si aún está vivo, entonces vamos a preguntarle si la Vinotinto va a clasificar al Mundial de Brasil 2014.



CRISTÓBAL GUERRA

miércoles, 7 de julio de 2010

Vuelve la Naranja Mecánica

Holanda vuelve a una final del mundo 32 años después, la última ocasión fue en Argentina 1978 cuando fueron superados por los locales, la albiceleste, en el estadio Monumental de Buenos Aires con Mario Alberto Kempes en plan estelar. Cuatro años antes, en el mundial de Alemania 1974, Holanda también fue finalista y también cayo ante el combinado local, pero en esa oportunidad en el estadio Olímpico de Munich con un tanto de Gerad Müller. Sin duda esa fue una generación sensacional comandada por Johan Cryuff, Johan Neeskens, Johnny Rep y Rob Resenbrink, los inventores del “fútbol total” y creadores de la Naranja Mecánica.

Esta selección comandada por talentosos jugadores como Arjen Robben, Wesley Sneijder y Mark Van Bomel han conseguido el ansiado boleto a la final, lo que otras grandes generaciones no pudieron hacer, como la de Ruud Gullit, Marco Van Basten y Frank Rijkaard, campeones de la Eurocopa de 1988, único titulo de Holanda, o mas recientemente la liderada por Dennis Berkamp, Patrick Kluivert y los gemelos De Boer.

La versión 2010 de la Naranja Mecánica llegó a 25 juegos invicta, incluyendo toda la fase del premundial y los seis triunfos en suelo Sudafricano, si se titulan campeones, estarían consiguiendo lo que sólo ha logrado el combinado de Brasil en los mundiales de México 1970 comandados por el Rey Pelé, y en Japón y Corea 2002 liderados por Ronaldo y Rivaldo.

Esta Holanda dirigida por Bert Van Marwijk no tiene un juego vistoso, pero si muy efectivo y ordenado tácticamente. Sólidos en defensa y equilibrados en el centro del campo, los tulipanes cuentan con dos jugadores realmente desequilibrantes, Arjen Robben con su rapidez y Wesley Sneijder con su pegada, capaces de superar a cualquier defensa.


Ahora
la Naranja Mecánica espera por su rival en la final, la España de David Villa, según las predicciones del Pulpo Paúl, o la Alemania de Miroslav Klose, que viene de golear a Inglaterra y Argentina, sea cual sea, Holanda espera que la tercera sea la vencida.

Por Miguel Ángel Riquezes.

El grito anti clímax del automercado

Un amigo muy cercano, contaba: “El otro día estaba en un automercado, y en los televisores estaban transmitiendo el juego entre Brasil y Holanda. Cuando terminó el partido la gente dio un grito de satisfacción, porque parece que todos querían que eliminaran a los brasileños. Era como queriendo decir que hasta cuándo ganaban los mismos”.
La historia del amigo la creímos a medias. Él, simpatizante de la selección española, obviamente que tenía sus intereses. Y no le dimos al pana todo el crédito posible, porque en este país en cada esquina hay un caraquista y un magallanero, uno que va a Brasil y otros que va a Argentina. No hay unanimidades, así que el cuento del supermercado huele a guiso de pasión mundialista.
Pero más allá del entusiasmo anti brasileño de la gente que llenaba los carritos con sus mayonesas, sus salsas de tomate y sus arroces y sus pastas y sus verduras, seguramente lo que había era un sentimiento a favor de la novedad, del anhelado rostro fresco que el fútbol requiere con urgencia de enamorados quinceañeros.
Ni Brasil, ni Italia, ni Argentina, ni Alemania. Algo nuevo que el lunes próximo ilumine las redacciones de los medios de comunicación social, y que haga estallar, desde lo más profundos de las gargantas, el grito de “¡Al fin!”.
Unas remozadas relaciones de poder, con diferentes cabezas de serie, le darían al sorteo del Mundial 2014 un interés especial. No es poca cosa: en el bombo 1, cabeza de serie Eslovaquia; en el 2, Nueva Zelanda; en el 3, Ghana; en el 4, Corea del Norte; en el 5, Australia; en el 6, Camerún; en el 7, Dinamarca; en el 8, Grecia.
Claro que lo dicho es un acto de desmesura, una travesura periodística de quien escribe, pero las necesidades de los tiempos que corren, el hecho de las despedidas madrugadoras de los de siempre, van a llevar agua para el molino de las novedades. Los uruguayos, por ejemplo, podrán argumentar: ¿por qué Argentina será cabeza de serie y no nosotros, que en Suráfrica llegamos más lejos y que, como ellos, también tenemos dos títulos mundiales? ¿No merecemos el mismo trato y respeto?
Si el fútbol requiere montarse en el potro salvaje de las nuevas tecnologías, también requiere de nuevos actores, así esto no dependa directamente de la impenetrable burocracia de la FIFA, sino más bien del juego mismo. Vienen cambios, estemos preparados.

Cristóbal Guerra

Cierto asunto holandés

Si Holanda es campeón del Mundial el próximo domingo, estamos seguros de que pocos recordarán, dentro de un año, los nombres de sus jugadores: “Van… ¿Van qué?”, preguntarán por las esquinas, porque este equipo, tan diferente a aquellos finalistas de las copas del 74 y del 78, no deslumbra por sus hombres en el hecho individual.

Gusta el conjunto, la homogeneidad de su bloque, la armonía de sus líneas de ballet, pero no hay un ídolo muy especial. Arjen Robben, magnífico pero displicente; Wesley Sneijder, espléndido pero gélido; Robin van Persie, incisivo pero tonto. Más bien, los más chispeantes y calientes son Dirk Kuyt y Mark van Bommel, que por ser mediocampistas y trabajadores que rinden frutos a sus atacantes, pasan callados: esa es su obligación, y a ser segundones están condenados.

“¿Van qué?”. Van todos, van idea clara y objetivos a la mano. Ya no es aquella famosa “Naranja mecánica” que quedó atrapada en la memoria del mundo, aquella bandada de pájaros de naranja que revoloteaban por todos los campos. Ahora hay medida, hay un aprendizaje tomado de los italianos, para ir de a poco hasta llegar a donde se tiene que llegar. Ahora hay una mesura que le faltó a los equipos del pasado, un dejarse estar a la espera del error adversario para dar el gran golpe, el mazazo certero, el palo firme y desalentador.

De cierta manera, el fútbol ha vuelto a sus orígenes, a su concepción primigenia. Porque desde Pelé hasta Maradona, con Johan Cruyff en el medio de la travesía, casi todos dependían de las virtudes y quehaceres de un hombre. Todavía queda un poco de esa épica, tipificada por el uruguayo Diego Forlán (por cierto, ya no tenemos dudas: Forlán es el mejor jugador del mundo). El fútbol es otra vez conjunto y solidaridad, asociación de esfuerzos en procura del tesoro escondido en la base del arco iris.

Y eso es Holanda, la Holanda agridulce que gana y convence, pero que no estremece. Que ha llegado a la final casi calladamente, con pasos ingrávidos, pero firme. Qué bueno es recordar ahora que tiene veintitantos partidos sin perder, que es el único que ha ganado seis juegos en este Mundial, y que fue el primero en clasificar en su grupo europeo para el viaje a Suráfrica.

Tal vez, ni siquiera un escolar, de esos que coleccionan barajitas Panini, sabe quiénes marcaron los goles a Uruguay, pero la “naranja agridulce” espera tranquila en Johannesburgo por su rival del partido final.


CRISTÓBAL GUERRA

martes, 6 de julio de 2010

Tumultos locos en portugués mayor

En los aeropuertos de Galeao, en Río de Janeiro, y Guarulhos, en Sao Paulo, la gente no sabía qué actitud tomar. Eran dos corrientes de agua de emociones encontradas, unas que iban, otras que venían.

Finalmente, la gente supo qué hacer: aplaudir a Juan, pitar a Felipe Melo, aplaudir y pitar a Julio César. Tumultos encontrados, y los sentimientos, como los dioses de aquella película humorística, enloquecieron de repente. Una mujer joven llevó un cartel que decía: “Dunga burro”. Burro, en el entendido brasilero, es lo peor de lo peor, lo más denigrante que alguien pueda decir a quien se odia. Al paso del técnico, un hombre de mediana edad aplaudió con agradecimiento.

Era el regreso. Y con el regreso, el vacío, la desesperación, la nada. ¿Y ahora qué?¿Qué hacer ahora con nuestras vidas, si es que después del fracaso aún queda vida? En Brasil, “fútbol” es una palabra de infinitos significados. Es una concepción de la vida, una manera de respirar. De levantarse cada día, de sentir que se está en este mundo.

En las enloquecidas carreras, en medio de tanta congestión, se oyó una voz: Mano Menezes. Sí, Mano Menezes, entrenador del Corinthians, el equipo de los amores del presidente Lula. ¿Mano Menezes, sugerido a la Confederación Brasilera de Fútbol por Lula, impuesto por Lula? Ese puede ser el hombre, el que cargue de aquí en adelante con los rezagos surafricanos de los tiempos de Dunga.

Por las calles la gente mira hacia ningún lado, no hay explicación para la debacle, no hay un culpable unánime. El diario O Globo abrió una encuesta y los candidatos fueron Dunga, Felipe Melo y Kaká. Ganador: Dunga. Pero la gente sigue sin rumbo, las cartas de navegación quedaron enterradas en la cancha de Port Elizabeth.

No obstante, los enemigos que hoy celebran no vayan a creer que su fiesta es para siempre: dentro de cuatro años Brasil armará el seleccionado más imbatible de todas las épocas, mascullan aquellos pocos cariocas, paulistas, mineros, bahianos y gauchos que han despertado a la razón, y que desde ya buscan almanaques a los que, con paciencia de chinos, irán arrancando las hojas hasta que en el 2014, Brasil sea anfitrión del próximo Mundial.

En la calle Vinicius de Moraes, en Ipanema, un cartel adherido a la puerta de un negocio de souvenirs, dice: “E agora o hexa”. Dentro de cuatro años y un día, tal vez tenga que ser cambiado por otro que inscriba: “E agora o hepta”.


CRISTÓBAL GUERRA

El Plan Marshall de Suráfrica 2010

Los entusiasmos de aquellos cercanos, ya lejanos primeros días, llevaron a la desmesura. América triunfa, la vieja Europa no existe. Se soñaba con unas semifinales de cuatro equipos suramericanos, y una final Brasil-Argentina tan inédita como irrepetible.

Faltos de cautela, peleados con la mesura, los medios de comunicación de esta parte del mundo atronaron el aire con cantos de victoria: Paraguay, Uruguay, Brasil, Argentina, Chile, todos desplegaban sus banderas y no se vislumbraba fuerza humana capaz de detenerlos. En realidad no era nada nuevo esto de los fuegos de artificio comunicacionales; ellos estaban haciendo lo que suelen hacer en momentos así: el juego de la inmediatez. Esperar lo que habrá de venir, ¿ para qué? No hacían falta ya el Grupo de Río, ni el Alca, ni Mercosur: el nuevo gremio llamado Unión Latinoamericana Futbolística acababa de ver la luz, y vaya éxito el de sus primeras andanzas en la geografía universal del optimismo.

Después de la II Guerra Mundial, y con la ayuda del llamado “Plan Marshall” ideado por Estados Unidos, Europa debió reinventarse, y se reinventó. Y ahora, valgan el Euro y la Comunidad Económica, es cabeza del mundo conocido y del que está por inventarse.

En Suráfrica, Miroslav Klose, Thomas Muller, David Villa, Arjen Robben dibujaron su “Plan Marshall” y la vieja Europa ha renacido. Y, haciendo de la nada un todo, de su debilidad una fortaleza, tres de sus selecciones están en las semifinales. Siempre sucede: Europa es buena cuando es mala, se levanta cuando más caída está.

Cuesta creerlo, pero es verdad: solo Uruguay, con sus 170 mil kilómetros cuadrados de superficie, con sus tres millones y medio de habitantes mal contados, sobrevive. Uruguay cabe, y sobra tierra, en el estado Bolívar, y toda su población es la suma de Petare, Guarenas, Guatire y Barlovento. Las vueltas del azar lo han puesto ahí, con esa responsabilidad, pero qué es eso para Diego Forlán y su pandilla, acostumbrada como está a repeler los ataques de la historia.

De aquí en adelante, y para dentro de cuatro años cuando el Mundial frague en Ipanema, Copacabana, Leblón y el Maracaná, América del Sur va a tener que correr. Montar su propio “Plan Marshall” versión mestiza, para no tener que someterse a la humillación de ver a los europeos cruzar el gran océano con el trofeo en las manos.

CRISTÓBAL GUERRA


sábado, 3 de julio de 2010

Corazón naranja, corazón feliz

Unos días iniciales lentos, de indecisiones y victorias conseguidas solo por el peso de su inmenso talento, no avizoraban un porvenir luminoso. Pero en Ámsterdam y La Haya, montados sobre bicicletas nuevecitas, pensaban otras cosas; ellos, los holandeses que no son entregados al fútbol, porque no son entregados a nada. Son tolerantes y de pensamientos liberales, pero no apasionados, y por eso ganar o perder ante Brasil era importante, pero no tanto como para dejar de pensar en la victoria conseguida sobre el mar, cuando se les ocurrió construir los polsters, aquellos diques levantados para sembrar y cultivar vegetales y frutas.


Y polsters levantaron también en el segundo tiempo de ayer, principalmente cuando emergió ese Arjen Robben “salvador de la patria” y portaestandarte de la insurrección de los tulipanes; todo tan tan conjuntado, armónico, lindo. Y cuando revivió el corazón arrugado del primer tiempo, ese corazón que tomó forma de naranja en el país de las naranjas y de las camisetas orange.

Holanda necesitó de fútbol, pero también de un poco del “Elogio a la locura” de Erasmo de Rotterdam, para dejar en los pasadizos del olvido su temor a los sortilegios del adversario de ayer. Porque había que ser loco, loco de una manera tan particular, para vencer a quien venció; para tener la osadía de buscar a quien nadie quiere buscar: cinco títulos universales intimidan, inhiben, atenazan, carcomen.

Si hubo cobardía en los inicios, inhibiciones y pensamientos que llegaban hasta las eliminaciones en cuartos de final en Estados Unidos 94 y en las semifinales de Francia 98, no se sabrá nunca. Eso quedará por siempre en los intrincados pasadizos de los sentimientos, que para bien del ser humano no es posible escudriñar en ellos. Pero realmente no es eso lo que importa. Lo que habrá de trascender es la rebeldía, la convicción de que Holanda, si se acordaba que era Holanda, también podría acordarse de lo que es capaz.


Y mientras el Cristo Redentor llora en su atalaya del cerro del Corcovado, la naranja, que dejó de ser mecánica para transfigurarse en la naranja humana, en la que siente y padece, la que se reinventa en la gestión de cada partido y es capaz de batir al gigante, ahora toma vuelo y se apresta a asaltar la semifinal del Mundial. El trecho por llegar es largo, pero no tanto como el recorrido para derrotara Brasil, que de por sí es un extenuante viaje desde los Países Bajos hasta Rio Grande do Sul.


CRISTÓBAL GUERRA

domingo, 27 de junio de 2010

El robo del tren millonario

40 años después, el hombre regresó a Londres. Se había refugiado en una ciudad de Brasil después de ser partícipe del millonario robo al tren del correo inglés, en los tempranos años 60, que por entonces se consideró el atraco más cuantioso que recordaran los tiempos: más de 100 millones de libras esterlinas.

Aquella pandilla, formada por 10 o 12 tipos intrépidos, se desparramó por el mundo con diferentes destinos. Unos se entregaron a la justicia, otros murieron en sus escondites, y aquél echó raíces en el Amazonas brasilero. A su retorno al Big Ben y al Támesis, la justicia le conmutó la pena que por más de cuatro décadas le había esperado agazapada en los papeles tribunalicios, y el hombre, quien falleció hace algunos años, se dedicó a promover obras benéficas.

Poco tiempo después, la selección alemana era atracada en el estadio Wembley londinense en la final del Mundial del 66. Fue con aquel disparo al palo de Hurst dado por válido y que significó la ventaja inglesa, 3-2, ratificada minutos después con un gol, este sí legal, del mismo atacante.

El fútbol no ha olvidado aquellas escenas, como la sociedad no ha olvidado, gracias a los libros escritos y las películas filmadas, del gran robo. Todo este recuento fue jalado por los hilos de la memoria ayer, en el estadio de Bloemfontein, cuando el juez de línea no dio por valedero un muy legítimo gol de Inglaterra que hubiese puesto el partido 2 a 2, y vaya usted a saber lo que de ahí en adelante hubiese sido del ardiente enfrentamiento.

Porque ardiente fue, hasta que el tercer gol de la máquina germana desencantó a su adversario, a ese león británico que nunca entendió, no el partido, sino la razón por la que su disparo al arco, que picó al menos un metro a la espalda de Manuel Neuer, no había movido los bombillos de la pizarra electrónica. De la esperanza al desaliento, del brío a la displicencia.

Habrá quien piense que el 4 a 1 final es capaz de borrar el episodio comentado, y que el vaivén de la pelota que entró o que no entró quedará degradado desde las páginas de la historia hasta el anecdotario. No lo sabemos, pero la analogía a tres bandas ha quedado escrita: la pandilla roba un tren, un árbitro roba a Alemania, un linier roba a Inglaterra. Decía un poeta: “Y la noria, de la historia, sigue del fondo del pozo hasta el brocal”.

Así es: del fondo del pozo hasta el brocal…

Cristóbal Guerra

sábado, 26 de junio de 2010

Al que le guste celeste, que le cueste

No se podrá negar que el caso del que ahora vamos a hablar, responde al título de esta nota y al contenido del refrán en su sentido literal. “Al que le guste celeste, que le cueste”, dicen por las calles de Montevideo cuando alguien trata de conseguir un imposible; y ayer, en Port Elizabeth, los jugadores uruguayos lo hicieron valer como poca veces en su largo recorrido por los campeonatos del mundo.

Y celeste fueron los dos goles de Luis Suárez, el primero muy lógico, el segundo tan imposible como citamos en párrafo anterior, y que fue algo así como la metáfora de lo que ha sido la garra de los jugadores de su país desde tiempos inmemoriales.

La victoria llegó en momentos cuando Uruguay empujaba, forcejeaba, iba con el alma por delante y el cuerpo por detrás, en procura de un objetivo impostergable ante un equipo surcoreano difícil, rocoso cuando se lo propone, y que mucho ha aprendido de un tiempo a esta parte.
La selección uruguaya recordó ayer algunas cosas. Principalmente aquel gol de un tal Fonseca, un atacante que se perdió en la noche de los tiempos y que, en el Mundial de Italia 90, marcó un gol de posteridad a la misma Corea del Sur para clasificar a los octavos de final.

Pero la trascendencia de los goles de Suárez no tiene comparación. Por las circunstancias, por todo aquel drama que rodeaba al partido, por los sufrimientos de la zaga suramericana. Por la entrega y el brindis generoso de Diego Lugano, ese titán del valladar central que debe ser la perfecta réplica en el tiempo del charrúa original.

Corea tuvo momentos felices, aunque confusos, en un partido que fue exactamente eso: un ir y venir de tumultos y escaramuzas, de barullos y locuras, que le dio la victoria a aquel equipo que entendió mejor la trascendencia del partido, que supo salir de las zonas oscuras para tomar iniciativas y buscar el horizonte prometido.

Ahora los cuartos de final, vaya, los cuartos de final, nada menos. Un trofeo invalorable para un fútbol que quiere regresar a su lugar, a su punto de partida. Para los uruguayos, como pueblo, el fútbol es una manera de decirle al mundo su capacidad de reponerse, su entereza para asumir la vida, para decirle a sus vecinos del norte y del sur que su fortaleza es capaz de soportarlo todo. Incluyendo los ataques de la siempre empecinada selección de Corea.
Sí señor: “Celeste aunque cueste”.

Por Cristóbol Guerra

viernes, 25 de junio de 2010

Muito obrigado, muito obrigado

Los azares del sorteo celebrado en diciembre pasado en Ciudad del Cabo, hicieron saltar a los aficionados del mundo: Brasil y Portugal se verían los rostros en un enfrentamiento en idioma portugués, y en esa batalla iba a ser posible ser testigos de la lucha por el control del liderazgo entre Kaká y Cristiano Ronaldo.

No pudo ser, porque Kaká sintió el peso del castigo de la tarjeta roja recibida en el partido ante Costa de Marfil, pero sobre todo, y vaya qué argumento, porque el juego de las conveniencias no dejó jugar, valga el juego de palabras.

Contra sus hábitos futbolísticos, de cierta manera traicionado sus características, los portugueses no saltaron ala cancha a buscar la pelota, La regalaron, sin cobro alguno y sin que les diera pena, a un adversario que ante la carencia de necesidad, fue displicente y poco brillante. Este cuadro de objetivos, uno, el equipo suramericano por conservar el primer lugar del grupo, y el europeo, por clasificar a todo evento a los octavos de finales, le dieron forma a un partido de intrascendencias, de mal jugar, de desaciertos y poca imaginación.

De vez en cuando, brasileños y portugueses se acordaban de su responsabilidad con el fútbol y tenían uno que otro detalle. Nilmar, en el lugar de Robinho, trató de picar para hacerle un surco a la cancha con su velocidad de luz, y Cristiano Ronaldo, en la junta intermitente con el Dani Alves compañero, de romper la hermética zaga central verdiamarilla formada por Lucio y Juan.

Pero todo fue un destello, un asomo de buenas intenciones al trasluz de un partido absolutamente condicionado por las circunstancias. Ganar no era una prioridad, para unos y otros, y por eso unos y otros podían pronunciar, con toda propiedad, el “muito obrigado” del clásico agradecimiento en idioma portugués.

Entretanto, en el otro teatro, Costa de Marfil luchaba contra un adversario indestructible: el tiempo, ese crono que en 90 minutos de búsqueda solo le permitió marcar tres goles y no los nueve requeridos para desbancar a Portugal y trascender a los octavos.

Brasil y Portugal tomarán caminos diferentes y tal vez se vuelvan a ver en una hipotética final. Entonces, y seguramente, jugarían un partido distinto, con agallas y ganas, en procura de un objetivo mucho mayor que los de ayer en la cancha de Durban.

Cristóbal Guerra

jueves, 24 de junio de 2010

Eslovaquia pudo más que los campeones

Por lo visto, Eslovaquia se ha acostumbrado a los milagros propios.

En las rondas de clasificación a Suráfrica, sacó fuerzas de donde no tenía para vencer a sus hermanos de la República Checa en la Praga de Kafka, Rilke y Kundera, y conseguir por primera vez como nación eslovaca su acceso a un Mundial.

Y ayer, con determinación y fe, liquidó a Italia en buena ley; batió sin atenuantes a aquella selección italiana carente, poco digna de su pasado luminoso, que solo respondió en las agonías y no cuando tenía que asumir su liderazgo natural. Apenas la entrada de Andrea Pirlo a la cancha le brindó una pizca de imaginación, de inteligencia veterana, pero ni eso alcanzó.
Italia parece vivir adherida al drama que antecede a la tragedia, todo lo italiano parece estar revestido de ese manto destinista inevitable, para lo bueno y para lo malo. Hace cuatro años se coronaron ante Francia en los tiros penales, y ahora caen ante un modesto, casi primitivo equipo eslovaco que siempre tuvo en sus manos el rumbo de aquel partido arisco y confuso, que ha logrado que, de aquí en adelante, el 24 de junio pase a formar parte de la historia nacional de su muy joven nación, y Robert Vittek, autor de dos goles, héroe de la patria.

El rey no tuvo fútbol ni respuestas adecuadas, y ahora, y al menos durante un tiempo, ha perdido sus privilegios en la corte del fútbol, para convertirse, como en la fábula de la rana, el beso y el príncipe, en un plebeyo con el que nadie quiere andar. El fútbol italiano, pues, acaba de mostrar su rostro más inexpresivo.

Eslovaquia, junto a Corea del Sur, son las fuerzas insurgentes de este Mundial. Ellos acarrearán, en los octavos de final, las esperanzas de los que creen en la justicia de los pequeños y en la llegada del Arcángel Gabriel del fútbol universal. Rodando por el carril contrario, Italia y Francia, finalistas en Alemania hace cuatro años, las luces que se apagan, los santos sin creyentes ni plegarias.
Los eslovacos tendrán que lidiar con Holanda en los octavos, y los coreanos con Uruguay. Todo un detalle para aquellos que le sonríen a la posibilidad de que una fuerza nueva e insurgente, como cualquiera de estos cuatro nombres, se convierta en el campeón. En el monarca que suplante en el trono al plebeyo de camiseta azul, derrocado ayer en una remota cancha de África del Sur.

Por Cristóbal Guerra

martes, 22 de junio de 2010

Una batalla por el primer lugar

Partidos como el de ayer entre Uruguay y México, son aquellos que dejan más preguntas que respuestas.

Preguntas como aquella que reza ¿para qué tanta lucha, para qué tanto gasto y sudores, si de cualquier manera los octavos de finales eran un territorio que les era propio? ¿Para qué tantas preocupaciones por unos puntos de utilería, si la empresa de la remontada era un “posible imposible” para la pandilla de Suráfrica?

Pero es que el fútbol es así, el Mundial es así. Hubo ciertos sobresaltos, cómo no, para el equipo de la geografía de mayas y aztecas, cuando sintió en su vientre el dolor agudo del gol de Luis Suárez, a la vez que los surafricanos batían a Francia por 2 a 0. Un escalofrío recorrió entonces los cuerpos mexicanos, solo atenuados por el tiempo que transcurría e iba calmando las agitadas entrañas de los jugadores de camisetas verdes.

El partido en sí, como el teatro de Moliere, tuvo dos actos. Y como el teatro de Moliere, terminó más en comedia que en drama o tragedia, pues luego de una batalla de esfuerzos y estilos en el primer tiempo, todo se transformó en el capítulo final, cuando sabedores de su logro clasificatorio, ya nada tenía sentido, ya nada valía la pena, como no fuera reírse de la vida y de su buena fortuna.

Y fue un buen partido, un enfrentamiento de escuelas. Una tan tradicional como la uruguaya, y otra, de más reciente data, al menos en el quehacer internacional, como la de México. Y aunque los mexicanos tuvieron más volumen y claridad en la primera media hora, los charrúas, tomándole el pulso a las cosas, fueron de a poco comiéndose metros hasta el gol de Suárez.

Y ahí terminó todo, porque el segundo capítulo fue poca cosa, futbolísticamente hablando. México era un montón de buenas intenciones, y Uruguay la paciencia conciente, la calma del que ha vivido mil veces estas situaciones de angustia trocadas en tranquilidad. Así de tupida es su tradición de mil quilates, así de poderosa es su indestructible fibra charrúa.

Nadie puede escoger a sus rivales, como nadie puede presagiar cómo será su vida. Por eso a Uruguay y México, en el fondo, poco les importaba el resultado en Rustemburgo. Sabían que Suráfrica vivía en un planeta remoto, y que los octavos de finales estaban, a menos de una debacle de proporciones estrambóticas, en los camerinos celeste y verdiblanco.



Cristóbal Guerra.

lunes, 21 de junio de 2010

Sorpresas Mundialistas

A una semana de haberse escuchado el primer pitazo en Sudáfrica, y de haber visto como el criticado Jabaluni rodaba sobre el césped del majestuoso Soccer City, sin duda alguna una joya futbolística en el continente africano; muchas han sido las sorpresas. Selecciones que desde su arribo a Johannesburgo llegaron con el calificativo de "favorita", han sido las causantes de tumbar cientos de quinielas.

Quizás la primera sorpresa la dio Corea del Norte, selección que ocupa el puesto número 105 dentro del ranking FIFA, al jugarle un gran partido a Brasil, pentacampeona del mundo. Todos pronosticaban una gran goleada verdeamarella y la historia fue otra, el dos por uno final, dejó muy claro popular dicho de que "favorito no gana mundial", pero aún queda mucha tela que cortar.

España, una de las mejores selecciones de este mundial en cuanto a jugadores se refiere, dejó a muchos boquiabiertos. Los campeones de Europa en el año 2008 mostraron un excelente juego colectivo en su debut en Sudáfrica; a los ibéricos se les vio compenetración entre todos sus jugadores, y hasta llegadas peligrosas al arco por un medianamente recuperado Fernando Torres. Qué le falto a los dirigidos por el experimentado Vicente Del Bosque, nada más y nada menos que el gol, ese preciado motivo que te da las victorias, los puntos y que te lleva a ganar campeonatos.

La derrota de Alemania un gol por cero ante Serbia, representó otra gran sorpresa, pues de venir de un contundente cuatro a cero en su debut frente a Australia, salió por la puerta de atrás en un choque que se veía fácil en el papel.

Fabio Capello recibió si no el peor regalo de cumpleaños al no pasar del empate ante Argelia, pues la paridad en el estreno británico frente a los Estados Unidos los dejó con grandes deudas.

Finalmente, los astros de Raymond Domenech siguen sin funcionarle. Francia quedó al borde de la eliminación al caer dos por cero frente a una selección de México muy inspirada. Sin duda alguna, la ausencia de Karim Benzema le pesará mucho al técnico francés, esto sin pensar en una Benzemadependencia. Aún queda mucho camino por recorrer, y la historia podría cambiar en los próximos noventa minutos.


Daniel Ortiz

Portugal se encuentra con el gol

La historia ha hecho que los portugueses atraviesen los mares en naves de toda especie.

Desde Magallanes hasta Vasco da Gama en carabelas y naos, desde Eusebio hasta Cristiano Ronaldo en jugadas alucinantes y goles estremecedores.

Eusebio en el Mundial Inglaterra 66 condujo la travesía; ayer le tocó a Cristiano ante una desasistida Corea del Norte que se olvidó de aquel equipo que le opuso una recia oposición a Brasil, para deshacerse en inocencias y pequeñeces ante todo un Portugal ambicioso y embriagado que no dejó respirar.

En los primeros minutos, las cosas pintaban difíciles para el equipo ibérico. Corea se defendía con el orden y la compostura que le son conocidas, con su mentalidad para armar el impenetrable sistema de sus líneas posteriores, y todos aquellos esfuerzos de Cristiano Ronaldo eran estériles y se estrellaban a cada instante con las camisetas blancas llegadas desde Pyongyang. Ir era una constante, fallar en el intento, también. Y ni siquiera el gol de Raúl Meirelles en el minuto 28, avizoraba la avalancha que habría de llegar después. Pero llegó, certera y despiadada, para arrasar con toda oposición asiática. Portugal dos, Portugal tres, Portugal siete, Portugal es todo en la cancha, el partido es Portugal contra nadie.

El segundo tiempo de ayer fue un jolgorio de pueblo, de aquellos que se desatan en los partidos de fiestas patronales y que terminan en goleadas y arrebatos. Portugal, desatado pero sin perder la perspectiva, agalludo pero conciente, pasó de largo y tomó aire y confianza para cuando el viernes le toque enfrentar a Brasil. Va a ser, tal vez, el partido de los partidos entre dos selecciones que hacen del fútbol echado para adelante, su santa proclama.

Las nubes se han despejado para el escuadrón lusitano. El cielo se ha abierto para la banda del técnico Carlos Queiroz, que ante Corea vio de cerca la reivindicación futbolística de Raúl Meireles, un gran jugador, de Tiago, de Hugo Almeida y, al final de todo, de un seleccionado que dejó un montón de promesas.

Portugal, la expedición apenas comienza. Sus hombres han encontrado la brújula dejada por sus navegantes antecesores, y emprenden la aventura de los octavos de finales. La goleada ante Corea da para soñar, pues sería toda una debacle para la Lusitania, que Costa de Marfil pueda superar lo visto ayer en el estadio de Ciudad del Cabo.


CRISTÓBAL GUERRA



domingo, 20 de junio de 2010

Italia sigue sin deslubrar

Tan lejos del Mediterráneo, pero tan cerca de las camisetas italianas. Tan lejos del primer mundo futbolístico, pero tan cerquita de un empate que resultó una hazaña para el seleccionado de Nueva Zelanda.

Una igualada que dio continuidad a la saga de sobresaltos mundialistas, un montón de locuras desatadas por marcadores atípicos, que le han dado al Mundial un rostro absolutamente bizarro. Hagamos un inventario: ¿cuántas personas en este mundo, aparte de los suizos, podrían haber pensado que su selección iba a ganar a la superfavorita España? ¿Y cuántas que Serbia iba a liquidar a la orgullosa Alemania, y cuántas que Estados Unidos iba a firmar un armisticio con la poderosa Inglaterra?

Y ahora se aparece la isla del océano Pacífico, tan remota, tan desconocida para los que por aquí vivimos, tan Russell Crowe, mire y que para empatarle a Italia, la campeona del mundo, en un partido de sufrimientos neocelandeses, pero también de logros a punta de temperamento y carácter.

El gol de Shane Smeltz en los albores del partido no anticipaba nada, no quería decir nada ante la gran Italia. Llegó el empate con el penal cobrado por Vincenzo Iaquinta y, como aquellas películas de aventuras en las que todo el mundo sabe lo que al final va a pasar, era un asunto de esperar la gestión del juego para ver cómo era que los italianos iba a despedazar al invasor de Oceanía.

Esperando se quedaron, esperando se quedó el archiprofesionalizado fútbol italiano. Sí, Italia siempre comienza así y remonta, no solo en este partido, sino en el Mundial. Va de a poquito y, en lo que llegan los octavos de finales, despega y hasta más nunca. Pero ayer no fue así. Italia fue y buscó, como le correspondía a un equipo de su talante, pero todo fue estéril ante la resistencia empecinada de un escuadrón blanco que, después de empatar en el último minuto ante Eslovaquia, se ha envalentonado y ahora tiene la certeza de que clasificar a la ronda que viene no es un imposible.

¿Qué le pasó a Italia? Tal vez está sintiendo el rigor de los tiempos, de los cambios generacionales, de las ausencias de los Totti, los Del Piero y todo eso. No tiene la mano que conduzca, el Andrea Pirlo que lesionado no ha podido jugar un minuto en el torneo. O tal vez sea que el fútbol ha cambiado, que ya los nombres grandes no asustan, y que el puesto de comando esté cerca de cambiar.

CRISTÓBAL GUERRA

Italia sigue sin deslubrar

Tan lejos del Mediterráneo, pero tan cerca de las camisetas italianas. Tan lejos del primer mundo futbolístico, pero tan cerquita de un empate que resultó una hazaña para el seleccionado de Nueva Zelanda.

Una igualada que dio continuidad a la saga de sobresaltos mundialistas, un montón de locuras desatadas por marcadores atípicos, que le han dado al Mundial un rostro absolutamente bizarro. Hagamos un inventario: ¿cuántas personas en este mundo, aparte de los suizos, podrían haber pensado que su selección iba a ganar a la superfavorita España? ¿Y cuántas que Serbia iba a liquidar a la orgullosa Alemania, y cuántas que Estados Unidos iba a firmar un armisticio con la poderosa Inglaterra?

Y ahora se aparece la isla del océano Pacífico, tan remota, tan desconocida para los que por aquí vivimos, tan Russell Crowe, mire y que para empatarle a Italia, la campeona del mundo, en un partido de sufrimientos neocelandeses, pero también de logros a punta de temperamento y carácter.

El gol de Shane Smeltz en los albores del partido no anticipaba nada, no quería decir nada ante la gran Italia. Llegó el empate con el penal cobrado por Vincenzo Iaquinta y, como aquellas películas de aventuras en las que todo el mundo sabe lo que al final va a pasar, era un asunto de esperar la gestión del juego para ver cómo era que los italianos iba a despedazar al invasor de Oceanía.

Esperando se quedaron, esperando se quedó el archiprofesionalizado fútbol italiano. Sí, Italia siempre comienza así y remonta, no solo en este partido, sino en el Mundial. Va de a poquito y, en lo que llegan los octavos de finales, despega y hasta más nunca. Pero ayer no fue así. Italia fue y buscó, como le correspondía a un equipo de su talante, pero todo fue estéril ante la resistencia empecinada de un escuadrón blanco que, después de empatar en el último minuto ante Eslovaquia, se ha envalentonado y ahora tiene la certeza de que clasificar a la ronda que viene no es un imposible.

¿Qué le pasó a Italia? Tal vez está sintiendo el rigor de los tiempos, de los cambios generacionales, de las ausencias de los Totti, los Del Piero y todo eso. No tiene la mano que conduzca, el Andrea Pirlo que lesionado no ha podido jugar un minuto en el torneo. O tal vez sea que el fútbol ha cambiado, que ya los nombres grandes no asustan, y que el puesto de comando esté cerca de cambiar.

CRISTÓBAL GUERRA

sábado, 19 de junio de 2010

Holanda sigue sin demostrar su favoritismo


Los recuerdos son a veces amables, a veces amargos.
Y amargos tiene que haber sido ayer, cuando los aficionados de mediana y vieja data vieron jugar a Holanda, la gran Holanda que tanto le ha dado al fútbol universal, y que tantas esperanzas ha despertado en este Mundial. Holanda es candidato, y Holanda está en el camino después de dos victorias corridas, pero Holanda sufre y se devalúa cuando se le compara con aquella que da origen al título de esta nota: “La naranja mecánica” del gran Johann Cruyff y toda su luminosa pandilla de 1974 en Alemania.
Japón se encargó de aguar la fiesta de las camisetas anaranjadas. Con fútbol más táctico que virtuoso, con más determinación y ganas que valores individuales, los japoneses fueron fieles a los preceptos de su organizada sociedad. Dándole prioridad al colectivo por encima del hecho individual, esperaron sus oportunidades y de a poco fueron nublando el panorama de un equipo tulipán perdido en sus propias indecisiones, en su falta de certezas. Un equipo que no se divierte, y que parece sufrir cuando va en busca del arco adversario.
Tal vez Holanda se haya tomado en serio su rol de elegido para estar en la final del 11 de julio, y por eso mismo, se esté tomando las cosas con calma. Ha aprendido la lección de los italianos, los alemanes, brasileños y argentinos, que suelen asumir el Mundial sin apuros en la ronda de grupos.
Ganaron ayer sin esplendor, como también habían batido a Dinamarca, y la gente sigue esperando que aparezca el equipo prometido, el mesías de este torneo. El antecedente de aquella selección que la memoria nos ha puesto frente a la computadora es demasiado contundente, demasiado arrasador, y este equipo del 2010 mucho tendrá que solidificarse y crecer en brillantez para que esa estampa evocada no siga siendo lacerante.
La actitud tal vez displicente de los holandeses, no obstante su clara victoria ante Japón, contrasta, cómo no, con lo visto minutos más tarde con Australia, un puñado de hombres que jugando con uno menos ante Ghana desde el minuto 23, tuvo arrestos y ambición para levantar un partido que no le auguraba un porvenir feliz.
Al final de todo, un contraste demasiado evidente de lo que ha sido este Mundial, en el que el miedo a perder, la mezquindad y una especie de cobardía, han sido la banda sonora y la forma de conducta más palpable.

Cristóbal Guerra

viernes, 18 de junio de 2010

Belgrado festeja el gran imposible

Los nombres de Milan Jovanovic y Vladimir Stojkovic contrastan en escritura y fonética con los de Miroslav Klose y Lukas Podolski, pero sobre todo en logros futbolísticos si hablamos de los sucesos de ayer en Port Elizabeth, un lugar de este mundo muy distante de Belgrado donde Serbia venció al poderío alemán. Y lo venció, no obstante haber sido un equipo excesivamente cauto ante aquel monstruo que ayer, jugando con 10 hombres desde el minuto 33, no tuvo arrestos para revertir la historia de un partido que nunca fue noble y buena con su reputación de potencia universal.

Serbia pido conseguir más, pero se conformó. No le importó dejar pasar con indiferencia la oportunidad de ganar el partido por un marcador más ancho, porque siempre tuvo temor a que Alemania se acordara de repente de que es Alemania, que volviera sobre sus pasos y fuera otra vez el equipo tricampeón del mundo, y le arruinara el festejo a su pequeño país recostado a orillas del mar Adriático.

Y extrañó la actitud de los serbios, conocidos en todas partes por su manera de ser empecinada y terca, muy tozuda. Por sus persistencia en cualquier campo de la vida, pero también por ofrecer jugadores de fútbol talentosos y potentes.

Alemania probó de eso ayer. El gol de Jovanovic fue así, una muestra de cómo son los hombres de su nacionalidad, pues se paró muy cerca del arco germano y, con determinación, marcó aquel gol que insospechadamente ha puesto en carrera a Serbia en ruta hacia los octavos de final.

Los alemanes atacaron, sí, y no los condicionó ni siquiera la expulsión mañanera de Klose. Siguieron fieles a sus hábitos ofensivos, fueron por el territorio serbio, y cuando llegó el penal a comienzos del segundo tiempo, parecía que el fútbol les daba su recompensa. Pero entonces insurgió el arquero Stojkovic, con su 1,96, con sus manazas enormes, con su mirada fiera, para contener el tiro penal disparado por el botín izquierdo de Podolski.

El equipo de Berlín no cejó en sus empeños, todo tan estéril, tanto tiempo y esfuerzos dilapidados, y ahora, con tres puntos, debe compartir la vanguardia de su grupo con Ghana y sus victimarios de ayer. Quién lo hubiera pensado, ayer a un minuto para las siete de la mañana: Alemania ha caído, Serbia le ha vencido con buenas artes, y todo ha quedado en la bruma de la incertidumbre.

Cristóbal Guerra

jueves, 17 de junio de 2010

La gesta de Ulises en la Odisea

Regresar, desandar los pasos y ser triunfador caracterizó la gesta de Ulises en la Odisea. Ítaca era el objetivo, la parada final, como lo fue el gol hoy en Bloemfontein para la selección griega en el camino hacia su primera victoria en mundiales de fútbol.

Con el viento del Mediterráneo en contra, Grecia sintió el rigor de estar abajo luego del gol de Uche en el minuto 15. Por entonces, el país helénico parecía desconcertado, perdido en el mar picado de su incapacidad, pero como el fútbol tiene sus cosas y sus detalles, la expulsión de Kaita, en el 33 y en una acción tan inocente como irresponsable, determinó que el destino del partido ardiente y bien jugado, cambió el rumbo.

Entonces las naves de la flota griega enderezaron, llegó el empate por Salpingidis y el panorama y el porvenir se abrieron para aquel equipo que, con orden y concierto, se enrumbara hacia el puerto seguro de una conquista que terminó por ser inobjetable.

Nigeria, con 10 hombres, asumió el partido como pudo. Buscó sin ideas, su defensa se hizo un caos cada vez que Grecia metía el punzón de su ataque, y entonces se sabía que todo, como en las sentencias de muerte, era un asunto de tiempo.

Grecia se ordenó, con un orden que hizo recordar al oficioso equipo campeón de la Eurocopa de 2004, y se tomó las cosas con mucha calma. Buscó por aquí y por allá, extenuando los caminos, siempre con Tziolis como referencia de salida y Karagounis, su gran capitán, como el tipo que mandaba y brindaba las ideas.

Así llegó el gol de la victoria. Tziolis, un organizador que insurgió en este partido como uno de los mejores del torneo en esas funciones, armó la jugada y fue el autor intelectual del gol de Torosidis que lo decidió todo. Grecia alzaba los brazos, Ulises regresaba a Ítaca con sonrisas, y Penélope, paciente, recibía el trofeo de la perseverancia.

Nigeria volvió a fallar en los grandes momentos. Ante Argentina buscó el partido por todos los flancos, pero su falta de explosión a la hora de las definiciones terminó por perderla. Hoy, aunque fueron otras las circunstancias, tampoco pudo llevarse para Lagos los puntos de la esperanza, siempre esquiva, siempre fallida. Los nigerianos perdieron los nervios, llegó la tarjeta roja para Kaita, y se desvaneció todo aquello que, hasta entonces, parecía un sueño Un sueño que en sueño se quedó.

Cristóbal Guerra

miércoles, 16 de junio de 2010

Desde Santiago hasta Nelspruit

A 48 años de distancia, Chile ha vuelto a ser Chile.

Por entonces, 1962, tuvo fuelle y ganas para llevarse por delante a Yugoslavia y conquistar el tercer lugar del Mundial montado en la geografía larga y angosta del país austral. Y ayer, frente a Honduras, volvió sobre sus pasos para iniciar, con fútbol luminoso, sus andanzas en Suráfrica.

Un largo viaje, interminable e imposible, desde Santiago hasta Nelspruit. Antípodas de dos conquistas que marcan, aquella por haber sido la despedida de una selección que trascendió hasta el alma popular chilena, ésta por haber sido la encargada de abrir los portones de una esperanza que crecerá con los días.

Chile le dio vida al Mundial, y se unió a Corea del Sur en la empresa de de dibujar sonrisas en la geografía surafricana. Con Alexis Sánchez reinventándose en cada jugada, y Matías Fernández y Jorge Valdivia como secuaces de la pandilla que llegó del sur de Suramérica, el escuadrón chileno desbordó toda oposición centromericana. Una Honduras que se pasó todo el partido tratando de ver cómo salía de aquel aluvión que, sin pausas y como una manada de lebreles ansiosos de cumplir con su deber de cazadores, se le iba encima con voracidad de fiera.

Pero no obstante todas sus buenas maneras, esas evoluciones tácticas que dieron la impresión visual de aquella “Naranja Mecánica” holandesa y su fútbol total, a Chile aún le falta lo más importante que el fútbol puede tener: la contundencia para resolver los partidos. Sí, ayer le bastó con el gol de Jean Beausejour para establecer su superioridad, tal fue la inocencia de Honduras del medio de la cancha hacia adelante, pero no siempre tiene por qué ser así. Ahora va a tener que lidiar con Suiza, una maraña defensiva que le va a hacer tragar grueso, y nada menos que con España.

Chile fue autosuficiente y claro, convincente y está en la ruta, pero no todo está hecho. Ante los hondureños pudo hacer las tareas y los deberes, llenó la cancha y su dinámica de fútbol le alcanzó para llevar sin sobresaltos un partido que, dada la constitución del grupo H mundialista, tenía que ganar a todo evento. Pero de aquí en adelante el panorama podría no ser exactamente el mismo.

Eso está por llegar, y mientras eso llega, el “Confieso que he vivido” de Pablo Neruda se acaba de convertir en el “confieso que he ganado” que ahora recitan, exultantes y con todo derecho, el técnico Marcelo Bielsa y sus entusiasmados jugadores.

Cristóbal Guerra